martes, 3 de diciembre de 2019

Escribir para ser voz…


Dedicado a todos quienes, como mi abuelo Felipe López, sufrieron en el Penal de Chinchilla de Monte-Aragón, o cualquier otro penal, la privación de libertad por el simple hecho de pensar diferente.

Escribir, sí escribir,
escribir para ser voz,
escribir para ser memoria,
Sí, escribir,
escribir para ser aliento, abrazo y beso,
Escribir el dolor,
que no vimos y sufrieron.
Escribir el beso que no llegaron a dar,
pero que se echó de menos,
se echa de menos
en cada recuerdo,
en cada latido.
Escribir las ansias de libertad,
de aquellos a los que les arrebataron la primavera,
y queriendo volar,
vieron el cielo desde el infierno.
Escribir,
doliéndome el alma,
sin entusiasmo ni ganas,
sobre una barra de hielo,
más ardiente que el corazón de los verdugos,
más fría,
que las palabras que no se dijeron.
Escribir el amor que no se llegó a consumar
entre sábanas de libertad pisoteada.
Escribir,
para que los nombres no se borren de la memoria,
Escribir,
para que su recuerdo y mi memoria,
estén tan cerca,
amor mío,

como mis labios de tu boca.
Escribir,
para resucitar la palabra,
no cualquier palabra,
por hermosa que sea,
no la palabra huera,
no la palabra por la palabra,
sí la palabra como puño cerrado,
como beso de amor en los labios,
como abrazo al hijo,
a la madre,
al hermano,
al padre,
al amigo o el compañero,
la palabra como argumento,
la palabra como arma.
La palabra de aquellos
que no pudieron decir te quiero,
la palabra de aquellos,
que, amando la libertad,
respiraron el aire a través de oxidados barrotes.
Escribir, sí escribir,
hasta el último aliento antes del último beso,
después del último te quiero,
justo un instante antes,
del penúltimo recuerdo.
Escribir, sí, escribir,
no para abrir heridas,
no desde el odio de la revancha,
sino desde el amor,
para que su recuerdo y mi memoria,
estén tan cerca,
amor mío,
como mis labios de tu boca.




P.D. Poco a poco, voy conociendo a descendientes de compañeros de mi abuelo, Felipe López, hijos, nietos o bisnietos, que en la mayoría de los casos no vivieron para contarlo, y que cuando salieron del penal de Chinchilla de Monte-Aragón, fue para morir ante un pelotón de fusilamiento. De lo que allí se pasó, muy pocas de las víctimas vivieron para contarlo. Hasta a las mismas autoridades golpistas avergonzaron las atrocidades que allí se cometieron, hasta el punto de derribar el penal en los años cincuenta del pasado siglo. Creo, sé, que estoy en deuda con mi abuelo Felipe López, por eso le puse su nombre al protagonista de Magdalenas sin azúcar, pero también estoy en deuda con todos sus compañeros, y me estoy planteando, hacer una presentación de Magdalenas sin azúcar en ese Castillo. Mientras tanto, no dejaré de intentar dar voz a quienes se vieron privada de ella.

Paco Arenas

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