lunes, 17 de junio de 2019

Toni Cantó o la mentira sobre el castellano en Valencia como argumento


Tuve la oportunidad de conocerlo (a Toni Cantó) el pasado 5 de mayo en la Feria del Libro de Valencia; aunque, no intercambié ni una palabra con él, ni él con ninguno de los autores que allí nos encontrábamos. Alguien, por cortesía le preguntó:

— ¿Qué tipo de lectura le gusta?

—¿Yo? ¿A mí? ¿Libros? yo no... -respondió sin inmutarse, y continuó tonteando con su novia, una chica rubia con melenita que aparentaba ser veinte años más joven que él.
Al mismo tiempo que estaban entorpeciendo a los posibles lectores las últimas horas de la feria del libro.

Decir que Miguel Hernández no habría podido publicar en la Comunidad Valenciana por las restricciones que sufre el castellano, además de una mentira es una falacia estúpida, propia de alguien que no le importan los libros un pimiento.

Todos mis libros han sido publicados en Valencia, gran parte de los lectores de los mismos son valencianos bilingües.  A esa estupidez es preciso añadir esa mentira que dijo hace unos meses,  que en Valencia la lengua castellana estaba relegada en los colegios e institutos, algo totalmente falso. Mis hijos han ido al colegio y al instituto en Valencia y dominan el castellano infinitamente mejor que él.

Miguel Hernández es un icono para todos quienes amamos las letras y la libertad. Publicó durante la República, donde no habría podido publicar es la Valencia que lo asesinó en la cárcel, porque Miguel Hernández fue asesinado de la manera más cruel posible, a base de criminales chantajes. 

Tampoco podría publicar en una España gobernada por esa extrema derecha que PP y Cs han metido en las instituciones y gracias a los herederos políticos de Toni Cantó, Miguel Hernández dejo de escribir los versos más hermosos que sin duda habría escrito.

El nombre de Miguel Hernández, lo ensucian ciertas bocas cuando lo nombran. Respeto para ese gran poeta republicano español, ¡RESPETO!

Paco Arenas

lunes, 10 de junio de 2019

Los gritos de las cunetas



A las cuatro menos diez, los relojes se pararon en el Tribunal Supremo, transformándose, una vez más, en una Suprema Vergüenza, en una gran charca donde el lodo ganaba cada día más terreno. Mientras, del fondo más profundo de las cunetas se puede escuchar, de nuevo, los gritos de dolor de todos los asesinados en los paredones de España dejando un halo de dolor inmenso en el corazón de las gentes honradas.

De las cunetas surgieron amapolas rojas, que con inusitada virulencia y determinación sobrepasaron el nivel de las espigas de trigo esperando ver la bandera de la libertad y la dignidad ondean en las instituciones, de inmediato se marchitaron de asco y vergüenza, al comprobar la cobardía y la desmemoria de sus nietos.

Las estridentes risas de los asesinos retumbaron, tal y conforme las escucharon sus víctimas, las niñas y mujeres violadas, los arrojados vivos a los barreros, los asesinados por la espalda, los asesinados de frente, los muertos de hambre, o de tuberculosis no atendida, también asesinados, como Miguel que intenta entonar sus vientos del pueblo, y al escuchar la sentencia de la Suprema Vergüenza, le entran ganas de llorar sin necesidad de volver a escribir Las nanas de la cebolla.  Y con él,  lloran todos los poetas muertos, o mejor aquellos que nunca morirán, se escucha el lamento de Federico, no por su asesinato en manos de canallas, sino por los cobardes hijos de España, de Colliure, Antonio, el poeta de los poetas pide a los sepultureros que aparten de su lápida tan indigna corona de flores, lo mismo ocurre con don Manuel desde  el cementerio de  Montauban,  el legítimo y último jefe del Estado elegido democráticamente en los últimos ochenta años, vomita por la afrenta de ver los colores de los golpistas sobre su tumba, desde su interior, parece gritar «para este viaje no son precisas alforjas», que así de nada sirven los homenajes si mantenéis todas las herencias del usurpador genocida en sus palacios, les rendís pleitesía con vergonzante desvergüenza.

A las cuatro menos diez la sangre de los inocentes tiñó de rojo las togas de los prevaricadores jueces del Supremo, que rendían pleitesía al sanguinario asesino, una vez más. Mientras tanto, a esa hora, a las cuatro menos diez, comienza la siesta de los que siempre estuvieron dormidos, sigue la infamia perpetua en un país que fue ejemplo de furia y ahora de vergonzante sumisión. El nudo criminal, sigue atado y bien atado…

Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar, la novela  que según  algunos profesores de historia deberían leer los jóvenes y todos quienes quieran conocer la verdad. 

miércoles, 5 de junio de 2019

Vergüenza Suprema, el Tribunal Supremo rinde pleitesía a Franco y lo reconoce como jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936

Franco como juez Supremo de la Dictadura firmando penas de muerte



Estaba en manos del Tribunal Supremo dar carpetazo a la gran vergüenza nacional que supone tener enterrado a un genocida junto con sus víctimas, solo se les pedía que dictasen la ley, y la decisión del Parlamento, autorizando al gobierno a sacar del Valle de Cuelgamuros al dictador, no que se inventasen la historia y diesen por bueno el argumentario de la dictadura franquista. 

El Tribunal Supremo, se supone que de un país democrático reconoce a un sanguinario dictador golpista como jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936, cuando el golpe de Estado había derivado en una guerra civil por un lado y en un sistema genocida por otro. Con este reconocimiento el Supremo deslegitima al gobierno legal y legítimo de la República   que continuó luchando por su legalidad durante más de dos años, no solo contra los traidores golpistas sino contra los mercenarios marroquíes, los nazis alemanes y los fascistas italianos.  Una vez más, la Justicia española hace el ridículo o prevarica con sus sentencias y autos. 

El auto redactado de manera vergonzante rinde, por tanto, pleitesía al genocida, al tiempo que paraliza la exhumación del dictador del Valle de Cuelgamuros (donde ningún día le faltan flores frescas, mientras se ignora a sus víctimas). En su resolución el Tribunal Supremo recoge la la falsa teoría de que Francisco Franco fue «jefe del Estado» desde el 1 de octubre de 1936. Sin embargo, en aquella fecha, solo era jefe de los generales golpistas traidores a la patria, y  solo habían pasado dos meses desde el golpe militar del 18 de julio quedando por delante más de dos años de resistencia del la República apoyada por el pueblo. En esa fecha Manuel Azaña era el único  jefe del Estado legal y legítimo  de España, elegido de manera democrática por las Cortes que emanaban de la Constitución de 1931.

Ese mismo Tribunal Supremo, que no duda en ver inmediatamente un golpe de Estado en Cataluña, que dice que poner urnas es un golpe de Estado, le da validez jurídica a la proclamación de Franco como jefe de un Estado, reconocido entonces solo por la Alemania nazi y la Italia fascista, insultando de este modo a todas las víctimas del genocida, especialmente a las más de 114.000 que todavía están en fosas comunes a lo largo de toda la geografía española. Realmente vomitivo. Con este dictamen se comprueba una vez más que el dictador dejo todo atado y bien atado, y que todos los poderes del estado siguen emanando de la momia, todas las instituciones están contaminada por el virus del franquismo, comenzando por la monarquía borbónica y continuando con la justicia.

La ONU ha condenado a España por los crímenes del franquismo, también por la actuación de los tribunales con respecto a los políticos catalanes encarcelados como presos políticos. El gobierno español ha protestado, argumentado que en España hay separación de poderes, cuando todos los días se comprueba que eso es una falacia.
¿Cómo nos vamos a extrañar que la ONU condene a España y dude de la división de poderes, cuando todos sabemos y comprobamos que en España no existe y que el franquismo sigue latente en todas las instituciones del Estado? No basta con decir que somos un país democrático y parecerlo, es más importante serlo, algo que no ocurre actualmente, con una «Justicia» subordinada al poder político más corrupto y reaccionario.

En nombre de todas las víctimas del franquismo, pedimos que no solo nos pida perdón el Tribunal Supremo por la barbaridad su auto, si no por el dolor causado a todas las víctimas y de inmediato se le dejen de rendir homenajes, siendo entregado a su familia y que lo entierren donde les de la gana, siempre que no sea en un lugar público o se pueda ensalzar su sanguinaria figura.

Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar, la novela que según algunos historiadores deberían leer los jóvenes.

lunes, 3 de junio de 2019

Homosexualidad, la enfermedad de los otros




Corría el año 1976, tan solo habían pasado unos meses de la muerte en su cama del dictador y genocida Francisco Franco. Recuerdo que cuando vivía en Ibiza, tendría unos dieciséis años, me presentaron a un chico inglés de ademanes amanerados y voz aguda, casi al instante supe que era «maricón» (entonces no existía la palabra GAY en mi vocabulario, Gay era el apellido que tenían un par de amigos de la escuela, y en Valencia unos grandes almacenes) al instante me sentí incomodo, sensación que me duró toda la tarde, siendo casi incapaz de llevar la conversación normal con él. Cuando al despedirme quiso hacerlo con dos besos, como si fuese una chica, sentí asco y me negué, me tendió la mano y hasta la rechacé como si fuera un apestado y me pudiera contagiar. Sin darme cuenta, realmente me había contagiado, había adquirido una terrible enfermedad, la homofobia.

—Me da hasta repelús —le dije al amigo que me lo había presentado.

—Pues a mí me ha dicho que le gustas, ¿quién sabe? A lo mejor hasta te gustaría probar…—se burló mi amigo.

Estuve a punto de pegarme con un amigo por atreverse a decir que yo le había gustado al «maricón ese», y si la cosa no fue a mayores fue de milagro.
Años después, recién llegado a Valencia, me hice amigo de un chico, que resulto ser «maricón», al cual, al contrario que el chico inglés de Ibiza, no se le notaba nada y tenía un aspecto muy varonil, hasta jugaba al fútbol, según decían bastante bien. Pensé, que a su lado sería fácil ligar, pues era guapo, gracioso y descarado. Lo pasaba bien a su lado y tonteando con chicas, aunque dada su facilidad para entablar conversación con ellas, me extrañaba que desaprovechase las oportunidades que le salían, más que a mí, que procuraba no desaprovechar ninguna de las pocas oportunidades que tenía, nunca tuve gran habilidad para esos menesteres, y como además de tímido era muy romántico, las roscas pasaban por mi lado sin que yo viese la oportunidad de acercarme al agujero. Un día, me confesó la razón por la cual pudiendo llegar a disfrutar de rolletes y roscas, nunca lo hacía:

—Las chicas me gustan como amigas, solo como amigas, para lo otro quiero, me gustan, me ponen los chicos, por ejemplo, tú, y he pensado que…

—Para el carro, para, no soy maricón…, a mi no me gustan los tíos.

—Eso no lo sabes, es cuestión de probar…

Sin esperar a más lo dejé plantado y salí sin esperar a más. Él intentó calmarme:
—Tranquilo, sino quieres no pasa nada, podemos seguir siendo amigos…

—Ni hablar, ¿qué quieres que la gente piense que soy maricón? Tú estás enfermo.

 Dejé de ser su amigo para siempre, pensando que él estaba enfermo, el enfermo no era él, sino yo.

Por esas mismas fechas, un par de meses después, comencé a salir con una hermosa muchacha un par de años mayor que yo, fue ella quien dio el primer paso, yo todavía era bastante tímido a mis dieciocho años.

Habíamos coincidido en algunas manifestaciones en favor de Nicaragua, pronto entablamos amistad y comenzamos a salir intentando cambiar el mundo ante una taza de café, sin que me diese pie a «lanzarme», porque, aunque riamos mucho y coincidíamos en casi todo, me mantenía a raya, yo lo achacaba, estúpidamente, a que ella era mayor y con bastante más experiencia que yo en las cuestiones amatorias, mucha mujer, y yo me sentía inseguro. Por supuesto que yo quería algo más y fantaseaba con que llegase a ser mi novia; pero, había algo que a la hora de «lanzarme» que me paraba, y las largas conversaciones me resultaban bastante amenas y placenteras; aunque, después de cada cita me maldecía de no haber sido capaz de darle siquiera un beso en los labios.  Lo cierto es que fuimos avanzando en la cuestión, sobre todo después de que ella se sacase el carné de conducir y se presentase una tarde para recogerme y llevarme a su casa, llena cuadros y figuras de santos y alguna foto del «Caudillo». Era como si me hubiera metido en la cueva del lobo fascista y beato. Me dijo que su padre era militar, que tenía un hermano cura, dándome a entender que había sido obligado por su padre, por ser de la «otra acera», siendo esa la primera vez que escuchaba yo esa expresión. Yo temblaba de los pies a la cabeza, tan nervioso me vio que se molestó en prepararme una tila.

—No hagas caso de lo que veas. Yo no soy así. Sabes mi pensamiento, como yo el tuyo. Te he elegido a ti porque no quiero que me pase lo que a mi hermano y quiero curarme...

Me quedé sin saber que decir, ni cómo actuar, ni entender bien en qué consistía la curación, de hecho, aquella tarde no procedí a ser remedio para la «enfermedad» que ella decía padecer: a pesar de que ella tenía todo preparado, me resultó imposible. Aquel día, aquella aventura «erótica» derivo hacia una conversación infinitamente más profunda que otras veces. Con tranquilidad pasmosa me explicó que quería curarse de una «terrible enfermedad», le gustaban las mujeres, se sentía atraída sexualmente por otras chicas, y conociendo la experiencia de su hermano, ella no estaba dispuesta a pasar toda su vida en un convento. En mi vio a un chico sensible que hablaba poco y escuchaba mucho. Maldije mi timidez y mi sensibilidad, pero lo acepté, estaba realmente enamorado y quise ayudarle; a pesar de saber que le servía como una cobaya y al mismo tiempo un paño de lágrimas ante la incomprensión que sufría a su alrededor. Puse todo mi empeño en «curarla», y ella también en «sanar».

Fueron meses intensos en todos los sentidos; ambos empeñados en curar su «enfermedad», y la mía que era una timidez enfermiza, que ella me hacía olvidar. Jugábamos a médicos siempre que teníamos oportunidad. Una tarde de otoño, después de nuestras terapias, me acompañó como siempre a la estación del tren de Madera. Era pronto y nos sentamos en un banco, donde me confesó que ya se había curado, de lo cual me alegré mucho.

—Y además estoy enamorada —me dijo con entusiasmo.

—Y yo también —le contesté con mayor entusiasmo todavía.

Entonces, aquella hermosa chica, de dulce y armoniosa voz, tan femenina y bella como la más femenina y bella de las muchachas heterosexuales que conocía, (nada que ver con la imagen que tenía antes de saber su condición de lesbiana) con la cual había gozado al máximo, y de la que me había enamorado, me lo explicó:

—Estoy curada, porque no tenía ninguna enfermedad, ser tortillera (utilizó esa palabra) no es una enfermedad. La enfermedad es de los otros. Quienes nos miran raro, quienes nos discriminan son los enfermos. Tú me has ayudado, y ella, mi novia, también. Voy a cumplir veintiún años, tengo las cosas muy claras.

Le di la razón, que yo tampoco pensaba que eso fuese una enfermedad, a pesar de ello, intenté convencerla de seguir, pero fue imposible, le dije que a mí no me importaba seguir siendo su amigo, seguir intentando que se curase de verdad, que lo lograríamos juntos. Me dijo que ella ya lo había logrado, que sabía que no estaba enferma, que yo siempre sería su amigo, que le había ayudado mucho y que siempre me recordaría.

—Me he curado de verdad, te he cogido afición, pero ya estoy sana, sé lo que quiero y lo que realmente me atrae, deseo y quiero, estoy enamorada, no enferma. Tú me has ayudado mucho con tus palabras y tu cariño…

No hubo forma de convencerla. Prefería no volver a verme más, ahora que se había curado, de verdad, no fuese a tener una recaída. Me dio las gracias y me dijo que solo un hombre que tuviese mi sensibilidad podría haberla ayudado, y que yo lo había hecho, a pesar del gran chasco, no me sentí mal.

No la volví a ver hasta muchos años después, me presentó a su pareja, que conocía la historia, y me dio las gracias, también ella. Al ver que eran felices y dichosas pensé que llevaba razón, nunca llegó a estar enferma. Yo también le di las gracias y le dije al oído, que quien me había curado había sido ella a mi en lugar de yo a ella, que el enfermo era yo.

En efecto, me curó, me di cuenta cuando unos días después vi a dos chicas besándose en un banco de esa misma estación de madera, aprovechando de que no había nadie, me la imaginé a ella con su novia y la vi la escena de lo más hermosa.

No sé si lo hubiese visto igual de hermoso si hubiesen sido chicos; aunque, ahora los veo y ni me incomodan ni me escandalizan, y lo veo tan natural como pueda ver cualquier otro tipo de relación heterosexual. De hecho, en mi novela «Magdalenas sin azúcar», sin ser el tema central, ni mucho menos, aparece la homosexualidad masculina y femenina, de manera natural, tan tierna como hermosa…, porque la homosexualidad no es una enfermedad de los homosexuales, sino de los otros.

Paco Arenas

miércoles, 22 de mayo de 2019

La mirada de odio de Alberto Carlos Rivera Díaz y el acatamiento por imperativo legal de sus «señorías»


El juramento o promesa de acatamiento, sumisión, obediencia, veneración, acato, vasallaje a la actual constitución, para cualquier demócrata solo puede llevarse a cabo por imperativo legal. Desde hace ya bastantes años, ante esa estupidez que obliga a los electos a prometer o jurar acatamiento a la Constitución y por ende a la monarquía borbónica, esa promesa un demócrata solo puede hacerla  por imperativo legal, porque todo el que jura y promete, no nos engañemos, lo hace por imperativo legal, los demócratas, quienes aspiran a una forma de estado más democrática o realmente democrática, no pueden ni deben jurar o prometer vasallaje a un rey impuesto por el dedo ensangrentado de un dictador. Ayer me gusto especialmente el «acatamiento» por imperativo legal de la joven diputada de Izquierda Unida (Unidas Podemos) Rosa Maestro:
«Por la democracia y la República...sí, prometo».
    
El juramento o promesa que sí debería hacerse, debería ser:

¿Promete a no robar ni servir a otros intereses que no sean para beneficio del pueblo y en caso de saqueo o prevaricación, responder con sus bienes ante la justicia, además de devolver lo saqueado?

Pero a eso, muchos de los presuntos delincuentes que han pasado por las instituciones no pueden prometerlo, porque utilizan el antidemocrático blindaje o aforamiento para robar e irse de rositas sin rendir cuentas ante la Justicia.

Ayer los neonazis o neofascistas, junto con los ultranacionalistas, (autodenominados así mismos como liberales y constitucionalistas), demostraron, los primeros, lo que son, ni siquiera merecen el prefijo «neo», mientras que los segundos con su líder a la cabeza, con esa mirada de estreñido que lleva sin cagar un mes, llena de odio hacía representantes elegidos democráticamente por los ciudadanos, lo dice todo, incluso en su intento de usurpar el liderazgo de la derecha a Casado, lo paso por la derecha al estridente líder de la oposición.

Resulta todo tan kafkiano. Y es que estamos en un país donde los presos políticos, políticos presos, políticos en prisión, presos encarcelados, (hasta esta gilipollez he escuchado) pueden ser elegidos diputados, pero que los autodenominados «patriotas, demócratas o constitucionalistas», jamás tolerarían que esos políticos elegidos democráticamente ejerzan la función para la que han sido elegidos. No obstante, estarían dispuesto a acostarse en la misma cama con la extrema derecha sin ponerse siquiera un preservativo; aunque… ¿para qué, si ya están contagiados por el mismo discurso de la intolerancia?

El patriotismo no consiste en colocar una bandera en el balcón, ser demócrata no es meter a quien ponga urnas, ser constitucionalista no es jurar por un rey impuesto por un dictador…

En fin, deberemos acostumbrarnos a esos gestos y palabras de intolerancia, y a contratar a los carpinteros cada vez que los presuntos parlamentarios de la extrema derecha rompan los escaños en que están sentados.

©Paco Arenas -Autor de Magdalenas sin azúcar, la novela que según muchos profesores de historia todos deberíamos leer (AQUÍ los cinco primeros capítulos)

miércoles, 8 de mayo de 2019

Inundaciones en España por babeo de caracoles y babosas




En Londres nace un chiquillo en una lujosa clínica que cuesta no sé cuantos miles de libras esterlinas la noche, y a la vez se gastan millones en alumbrar la ciudad. Dicen que es un nacimiento "real" atípico y envuelto en secretismo, pero todos los medios de comunicación babean como estúpidos que consideran imbéciles a sus lectores, televidentes o radioyentes. Un nacimiento que no es más digno ni interesante que el de cualquier otro niño que nace en los suburbios de Londres; sin embargo, la ciudad del Támesis es una gran pista de patinaje por las babas de los caracoles.

En Tailandia, un golfo encarcela a su tercera esposa y a los parientes de la misma, porque se ha encaprichado de la que será su cuarta víctima, con la que decide casarse hasta que se encapriche de la quinta o decida que sea apedreada hasta la muerte. Antes hace que se arrastre como una babosa, porque él es el rey. Ese déspota Golfo se gasta millones y millones en ceremonias ridículas, muchos de sus siervos se mueren en chozas de hambre o son asesinados por sentir o pensar diferente; a pesar de todo, Bangkok es una gran pista de patinaje por las babas de los caracoles.

En Riad, un traficante de armas decide sobre las vidas de sus abnegados súbditos y regala joyas y diamantes a sus colegas. En Riad, no hay inundaciones, las saladas lágrimas de sus mujeres han secado el suelo donde caen.

En el Congreso de los imputados, perdón de los diputados, cuelgan el retrato de una persona que nunca ha hecho otra cosa que vivir a cuerpo de rey, gastándose casi quince millones de pesetas. son tales los elogios que recibe el sujeto, que Madrid se ha inundado por el exceso de babas.

Y como siempre se ha dicho: para que los listos puedan vivir a cuerpo de rey, sin pegar palo al agua, tiene que haber muchos tontos babeantes.

P.D. Si todas estas situaciones parecen y son ridículas, mucho más ridículo es que en pleno siglo XXI, quienes nos consideramos ciudadanos, permitamos que instituciones tan caducas, como inútiles y parasitarias sigan viviendo a costa nuestra.

Paco Arenas, autor de la novela que da voz a quienes se vieron privada de ella MAGDALENAS SIN AZÚCAR. 

Leer cinco primeros capítulos


domingo, 7 de abril de 2019

Hijos de la patria



(A ellos que se marcharon y sufrieron, a ellos que se quedaron y sufrieron).

Hijos de una patria
convertida en madrastra,
hijos legítimos,
expulsados por los bastardos hijos
de la intolerancia y el fascismo.

Hijos de la patria.
Gentes de voz dura
que debían ahogar su voz,
sus lágrimas y pena
en el silencio de los cementerios.

Hijos de la patria.
Lágrimas desconsoladas
de los que se marcharon.
Sangre derramada,
de quienes se quedaron.

Hijos de la patria.
En tierra extranjera,
prisioneros
o extranjeros
en su propia tierra.

Hijos de la patria,
Que ya no es su patria,
sino la patria de los vencedores
que los masacran con otra bandera.

Hijos de la patria,
que cual pueblo invadido,
les obligan a rendir pleitesía a los traidores,
y besar su ensangrentada bandera…

Hijos de la patria,
que esperan en las cunetas
cerrar las heridas,
izar su bandera.

©Paco Arenas

Estoy a vuestra disposición en:
el correo electronico: fmlarenas@hotmail.com

 Podéis leer los primeros capítulos de MAGDALENAS SIN AZÚCAR (NOVELA SOBRE NUESTRA MEMORIA)

Mis otros libros:



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