jueves, 1 de marzo de 2018

¿Quién llevará flores a los muertos, si están bajo las aguas del pantano?








¿Quién llevará flores a los muertos, si están bajos las aguas del pantano?

«¿Quién llevará flores a los muertos, si están bajos las aguas del pantano?»
Esta inquietante pregunta rondó durante muchos años en mi cabeza, no sabía muy bien la razón. Ahora la sé, aunque cuando la escuchaba a mi madre la intuía.   Por esa razón, mi novela mi novela «Magdalenas sin azúcar», se inicia y se finaliza con esa inquietante pregunta:

«¿Quién llevará flores a los muertos, si están bajos las aguas del pantano?»

Una de las imágenes que tenemos de la dictadura es ver a Franco inaugurando pantanos, los herederos ideológicos del franquismo todavía dicen que los hacía él, cuando lo único que hacía era inaugurarlos y quedarse con buena parte de las acciones.

Incluso, debo decir, que algunos que él inauguró se comenzaron a construir antes del golpe de Estado de 1936, como el de Alarcón y Contreras. En ambos trabajó mi abuelo Felipe.


Mi abuelo antes del comienzo de la guerra comenzó a trabajar en la construcción del pantano de Alarcón, que oficialmente se inauguró en 1942, hasta en eso nos mintieron, puesto que mi abuelo ya trabaja en él antes del golpe de Estado, como recoge el cartel de la época y el libro de «La guerra total en España (1936-1939)» de Jesús Alonso Millas:

Felipe López, como tantos miles de españoles, sufrió la crueldad de la dictadura, su afiliación al PSOE y a la UGT, le costaron siete años de presidio y torturas en el penal de Chinchilla de Montearagón, de cómo salió y de lo que allí sufrió, me dio testimonio mi madre.  Algunos de esos sufrimientos los recojo en mi novela «Magdalenas sin azúcar. Otros, he preferido omitirlos o disimularlos bajo metáforas, que, sin ocultar, no son tan duras a la hora de herir sentimientos.  

A Felipe López, a mi abuelo, lo conocí de milagro, tenía yo unos tres años cuando llegó al pueblo en que nació, a Pinarejo. Al pasar del pantano de Alarcón al de Contreras, y posiblemente al del de Benagéber, rebautizado por el dictador como del «Generalísimo», este último las obras fueron inauguradas por en 1933 por Niceto Alcalá-Zamora, Manuel Azaña e Indalecio Prieto, concluidas en 1955, siendo bautizado con el nombre del dictador.  Yo tenía constancia de que entre los forjados de los pantanos enterraban, como parte de la argamasa, a las víctimas asesinadas por los franquistas, pensaba que habían sido casos aislados, parece ser que fue algo generalizado, no solo entre el hormigón, sino que también las zonas que después serían dedicadas a pantanos, se excavaron y se enterraron bajo las aguas, que después serían anegadas, un sinfín de víctimas del franquismo, que nunca saldrán a la luz, porque están bajo las aguas del pantano.

Ahora, más que nunca, con dolor, sé que aquellos muertos, asesinados por la más cruel de las dictaduras, esas 114.000 personas que todavía esperan, una buena parte están bajo las aguas de esos pantanos que tanta «gloria» y fama dieron al mayor asesino de la historia de España.
Sirva mi novela «Magdalenas sin azúcar», para abrir los ojos, y para rendir merecido homenaje a cada uno de ellos, y al beber agua, sepamos que parte de ellos debería entrar en nuestro ser, para no olvidarlos jamás, ni tampoco a su asesino.  No se trata de abrir viejas heridas, no prentendo con mi novela eso, sino curar esas heridas de la única manera digna que existe, con VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.   Como escribió José Saramago:

"Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia"

Paco Arenas
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