jueves, 12 de julio de 2018

Las manadas fascistas. Lo que ocurría en los pueblos cuando entraban los fascistas acompañados de las fuerzas mercenarias marroquíes



Queipo de Llano, posiblemente, además de un criminal sanguinario, fue el mayor inductor de violaciones cometidas contra mujeres y niñas. Llevadas a cabo por parte de mercenarios moros, legionarios, falangistas y católicos apostólicos de misa diaria. 

En la lógica fascista, a las niñas y mujeres violadas después de múltiples vejaciones de todo tipo, eran   asesinadas, No siempre ocurría así, otras eran encarceladas y si estaban embarazadas esperaban el parto y después les robaban a las criaturas. Muchas eran las niñas y jóvenes a las que dejaban embarazadas sabiendo que el padre de la criatura que llevaban en sus entrañas era un criminal bastardo fascista. Esta es la historia de la muchacha que aparece como Clara,   en la novela basada en hechos reales Magdalenas sin azúcar. 

Estas fueron las palabras de Queipo de llano que sembraron las tierras de España de criminales manadas de violadores: 

"Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad (…) Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen. (…) Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad”.


Más de 10.000 personas  han leído el extracto del Capítulo  VII º de Magdalenas sin azúcar, ahora puedes leer el capítulo completo:


El bastardo de su padre

Abril 1939


Clara despierta entre los junqueños más expectativas de las deseadas a pesar de estar prácticamente recluida en la casa. La llegada del invierno y lo avanzado del embarazo ayuda en parte a justificar sus deseos de encierro. María procura respetar esa decisión, bien es cierto que hubo de dar más explicaciones de las que en principio hubiese querido. Se alegra de su decisión de decir la verdad, fue un acierto. Naturalmente, intenta suavizar la historia. En su relato inventado no hay falangistas, solo moros, consciente de la aversión que por muy distintos motivos despiertan entre vencedores y vencidos los marroquís. No hay rechazo por parte de los junqueños. Su aspecto débil e infantil solo provoca pena y comprensión. En el ayuntamiento, cuanto apenas preguntan, incluso prometen y consiguen hacer lo posible para que ni la Guardia Civil haga acto de presencia en la casa. El nacimiento de la hija de Clara, en principio, fue un hachazo para la muchacha. El golpe emocional se acrecentó por los incisivos comentarios de buena parte de las mujeres que pasaron por el domicilio de María. La criatura era de tez muy morena a pesar de que sus rasgos no terminan de ser morunos y nadie que no lo supiese habría podido deducir que el padre era un mercenario magrebí de las tropas de Franco, salvo por su rizadísimo y abundante cabello.

 —Se parece al bastardo de su padre —dijo nada más verla.

 Y en su cara no se dibujó la sonrisa maternal que suele acompañar a las mujeres después de ver por primera vez a sus hijos recién nacidos.

—No la quiero. No la quiero, apártala de mi vista.

Las lágrimas de rabia se convierten en histéricas. La partera y María llegan a temer que sea capaz de cualquier locura. No quiere ni darle el pecho, se niega en redondo, y los primeros días es una vecina quien se encarga de darle sustento a la criatura. María hace de madre, hermana y consejera. Sus lágrimas se mezclan con caricias. A base de mucha paciencia logra que Clara esté dispuesta a darle el pecho a la pobre criatura, sin que esta deje de maldecirla y rechazarla con todo tipo de palabras malsonantes. Es mucho el dolor y la rabia acumulada en su mente y en su corazón como para olvidar lo ocurrido no solo a ella sino a toda su familia. Recuerdos demasiado recientes como para que no doliesen.

 —La veo y veo al bastardo de su padre… a los bastardos asquerosos, hijos de…

Y de su boca salen todos los calificativos de la lengua castellana habidos y por haber. En Juncos, al terminar la guerra, los vencedores, al igual que en toda España, cometieron barbaridades que nada tenían que ver con la generosidad del vencedor, que supuestamente debe tener este con respecto a los vencidos. Mientras que a los hombres se los llevaron a Uclés, solo a Felipe a Cuenca, a las mujeres les raparon la cabeza y obligadas a tomar aceite de ricino para después sacarlas por la calle en procesión, yéndose las patas abajo, de lo cual se libró María. Estaba en casa de su suegro y este la protegía. Pero en el pueblo de Clara, bastante más al sur, en los límites de Andalucía, fue muy diferente. Sabían que podía ocurrir, habían escuchado noticias que llegaban sobre lo sucedido a gentes de los pueblos ocupados por los golpistas, especialmente, si entre los sublevados iban moros. Sabían lo que les esperaba a las mujeres e hijas de los republicanos, sin importar en muchos casos la edad, algo bastante peor que el aceite de ricino y la muerte. Las atrocidades eran ampliamente difundidas a través de las ondas por el general golpista Queipo de Llano, sembrando la muerte a ambos lados del frente. La mayoría de los habitantes de los pueblos ocupados no tenían dónde ir, ni puerto, ni barco a dónde embarcar para escapar y tan solo les quedaba esperar su calvario. Los soldados leales a la República habían abandonado sus armas y en pequeños grupos iban regresando a sus respectivos pueblos. Algunos eran apresados y llevados a campos de concentración. A otros les dejaban llegar a sus pueblos ante la imposibilidad de identificarles para de nuevo ser apresados y en muchos casos asesinados tras ser identificados y denunciados por sus paisanos.

 Fue a principios del mes de abril cuando llegaron medio centenar de aquellos soldados derrotados al pueblo de Clara sin armas, cansados, hambrientos y con mucho miedo. Su llegada corrió como la pólvora. Las mujeres salieron de sus casas con la esperanza de que entre aquellos soldados se encontrasen sus hijos, sus maridos o sus novios. Una docena de aquellos soldados se quedaron en el pueblo. El resto, tras despedirse, marcharon en dirección a sus respectivos pueblos con la pesada carga de los vencidos, con la incertidumbre de no saber lo que cada uno encontraría al llegar. No habían terminado los abrazos de despedida de los soldados a las afueras del pueblo cuando comenzaron los abrazos de bienvenida con los familiares. Alguien les vio llegar acudiendo a la plaza. En ella se concentraron niños, mujeres, ancianos y los hombres que habían llegado antes, no habían ido al frente o mutilados habían regresado antes del mismo. Era el fin de una pesadilla parecían pensar todos y así lo demuestran. Se besan y abrazan con desesperación, lloran de alegría por el reencuentro, por el fin de la angustia que representa la guerra. Aquellos soldados llegaron en un estado lamentable después de varios días de caminar, casi sin comer ni dormir, sucios, cansados, hambrientos y vencidos. Al abrazarse a sus familias o lo que quedaba de ellas, todo el sufrimiento parecía quedar atrás. Clara no cabía en sí de gozo, por fin allí estaba Carlos, su hermano, el único de los tres hermanos que no había muerto en la guerra. No, no es que de repente le hubiesen dejado de doler los hermanos fallecidos, pero allí estaba el tercero. Por fin parecía que sus plegarias habían sido escuchadas por un Dios del que otros se habían apropiado. Allí estaba su hermano, podía verlo, tocarlo, besarlo. Carlos se repartía, lo mismo que el resto, entre madres, hermanas, novias y mujeres, padres, abuelos, hijos o simplemente amigos o conocidos. Los niños corretean, juegan contentos, se agarran a los pantalones de sus padres o hermanos, que en algunos casos apenas conocen, quieren ser cogidos en brazos, los viejos se abrazan a los recién llegados como si fuese el último de los abrazos. No todos en el pueblo sienten esa misma alegría. Desde algunas ventanas se observa en silencio el júbilo de los vencidos y parece que les hace daño tan mísera alegría. Al contrario, sienten rabia, como si hubiesen sido invertidos los sentimientos de victoria y derrota. Esperan la llegada de los suyos escondidos tras las cortinas, sin atreverse a salir a celebrar la victoria que ya conocen. No esperaban que lleguen los vencidos antes que los vencedores. Les molesta que lleguen alegres a pesar de la derrota, que no oculten su gozo por regresar con los suyos, aunque sean derrotados y con un final más que incierto. Se conforman porque todavía podía ser peor, aunque pensasen que lo peor había pasado ya. Entonces escucharon ráfagas de ametralladoras a lo lejos seguidas de gritos y lamentos. Todos se estremecen, incluidos quienes están tras las cortinas, aunque estos saben que ya están allí los suyos. Es la hora de la venganza, deben salir antes de que termine de entrar en el pueblo el victorioso ejército de Franco. Las gentes que se encuentran en la plaza saben que los destinatarios de aquellos disparos habían sido aquellas cuatro decenas de soldados, de quienes se habían despedido momentos antes.

—¡Que vienen los fascistas! —grita al entrar en la plaza la mujer del alcalde republicano, la madre de Clara.

 Al instante se escuchan dos disparos mucho más cercanos, que nadie supo de dónde habían salido, pero la mujer cae de bruces, herida ante la mirada atónita de quienes segundos antes sentían una felicidad suprema. Los hombres, acostumbrados al frente, se ponen tensos, buscando el fusil que ya no tienen. En segundos, aparecen como por arte de magia habitantes del pueblo vestidos con camisa azul recién planchada. Llevan escopetas de caza, con las que apuntan a los que se encuentran en la plaza. La mujer, que había dado el grito, se encuentra en el suelo, con un disparo en el costado derecho y otro en el tobillo, la primera herida sangra de manera abundante. Clara y Carlos corren al lado de su madre, esta permanece con los ojos abiertos, implorantes, con gesto de dolor en el rostro, alarga su mano haciendo un último esfuerzo en dirección a sus hijos, los cuales se acercan corriendo.

—¡Madre! —gritan ambos.

Antes de llegar, se encuentran con un par de jóvenes falangistas apuntándoles. La muchacha mira a su hermano y puede ver la rabia y la impotencia en su rostro, en sus ojos, pero del mismo modo la risa sarcástica de quienes les retienen. Nota la proximidad de un cañón caliente que le quema la cara. Entonces, mira a aquel tercer improvisado falangista, que ríe cruelmente. Ernesto Pujalte es su nombre, no tendría más de veinte años, vecino suyo, compañero de juegos infantiles y desde unos meses antes su pretendiente más o menos despechado. Él presume de que ella será su novia, aunque nunca le haya dado pie para ello y siempre lo rechazase. Si bien Clara se considera su amiga, habían compartido muchas horas de juegos desde la más tierna infancia. Al crecer se habían distanciado precisamente por la pretensión de Ernesto de que fuese su novia, por sus intentos de besarle contra su voluntad, de esperarle en cualquier esquina. Es el menor de los hijos del capataz de uno de los terratenientes de la comarca. Capataz con las suficientes influencias, incluso entre las autoridades republicanas como para evitar que Ernesto fuese uno de quienes integraron la llamada quinta del biberón. Ernesto Pujalte es apuesto, muy bien formado y de facciones agradables, capaz de enamorar a cualquier muchacha que se lo proponga solo con la mirada, aunque sus modales rudos le alejasen bastante de ellas. Con Clara había dado en hueso. Ella no le decía que no, pero jamás le llegó a decir que sí, como tampoco se lo llegó a decir a ninguno de sus pretendientes. Era como si esa muchacha de modales y aspecto delicado prefiriese quedarse para vestir santos en lugar de desear formar una familia.

— ¡Joder! Casi dejo viudo al suegro —dijo Ernesto, vestido con pantalón de pana y camisa azul falangista, puesta sobre un jersey de lana. Era él, terminaba de disparar contra la madre de Clara, esta le miró desafiante.

—¡Hijo de la gran puta! —gritó llena de rabia, sin importarle las consecuencias.

Ernesto entonces apartó el cañón del rostro de la muchacha y de un disparo terminó con la agonía de la mujer.

— ¡Ea! Pues sí, ya he dejado viudo al suegro…, me he quedado sin suegra y con la novia huérfana, tres pájaros de un tiro.

Y sus risas se escucharon en toda la plaza, atronando en la cabeza de Clara y Carlos. El joven falangista, de nuevo, disparó contra el cuerpo de la mujer a pesar de estar muerta. Fue entonces cuando su hermano Carlos se abalanzó sobre él, derribándole al suelo y quitándole la escopeta. Antes de que pudiese apretar el gatillo, cayó entre el cuerpo de su madre y el de su hermana abatido por los disparos de otros falangistas.

—¡Coño! ¡También sin el cuñado! —exclamó desde el suelo, mientras levantándose un poco aturdido a pesar de querer demostrar lo contario el joven falangista. Clara corre en dirección a la escopeta con intención de cogerla, un fuerte golpe propinado por Ernesto Pujalte, padre, le derriba. Es el falangista que lleva la voz cantante. El hijo, entonces, coge de nuevo la escopeta, abriéndola para sacar los cartuchos gastados y mete nuevos, apunta a la cabeza de la muchacha, reclinada en el suelo.

— ¿Qué pretendías, hija de la gran puta?

Ernesto, padre, aparta la escopeta de la cabeza de la muchacha que empuñaba su hijo.

—Tranquilo, Ernestín, no seas bruto con la muchacha. Hay que ser buen cristiano —dice—. La pobre necesitará consuelo y es de buenos cristianos consolar a quien lo necesita. Además, ¿no la querías para novia?

— ¿Yo? ¿A esta roja?

Sus palabras las acompaña con una maniobra de escopeta, sube la falda de la muchacha con el cañón hasta llegar a la altura del sexo, colocando el extremo del cañón apretando contra el mismo. La muchacha tiembla, los presentes contienen la respiración ante lo que parece que va a hacer Ernestín. Entonces, el padre se interpone entre su hijo y la muchacha, mirando fijamente los muslos de Clara.

—¡Imbécil! ¿Estás loco? —Después mira a la temblorosa y lacrimosa Clara. Es una pena desperdiciar tanta belleza.

En la plaza entran nuevos falangistas en un camión, que vuelve a salir de la misma para hacer la entrada a pie, desfilando y cantando. Son forasteros, posiblemente, los autores de los disparos escuchados momentos antes piensan quienes se encuentran en la plaza, pronto salen del error. Nuevos disparos atronan por todo el pueblo, pero no son los recién llegados, se trata de otro ejército mucho más ruidoso que entra en un camión descubierto, disparando al aire en la plaza. En el nuevo camión viajan una veintena de moros que gritan con gestos airados:

 —¡Viva España! ¡Viva Franco!


El nuevo camión da dos vueltas completas a la plaza entre las sonrisas complacientes de unos y el temor de otros. De la cabina desciende un teniente de más de cincuenta años con el uniforme de la legión. Está completamente calvo y lleva el chapiri ladeado, sus ojos son saltones y enrojecidos, posiblemente a consecuencia del mucho alcohol ingerido. Su espalda procura mantenerla recta con el pecho echado hacia adelante, en una posición que claramente se puede percibir forzada. Con voz grave da la orden de bajar y formar a aquellos exaltados magrebíes, los cuales desprenden el mismo olor a aguardiente y vino que el teniente. No parece que lleven muy a rajatabla los preceptos coránicos. Se acercan los dos falangistas que hacen de cabecillas de ambos grupos y saludan marcialmente al teniente para después estrecharle la mano. Ernesto Pujalte padre hace un gesto, como de asco, ante el olor a aguardiente que desprende el teniente al hablar. Afortunadamente, para él, el teniente está tan borracho que no lo percibe. Los marroquíes toman posiciones desplazando a los falangistas y ocupan el puesto de los mismos. Encañonan a los vecinos que habían salido a recibir a los soldados republicanos y les hacen ponerse pegados a la pared del ayuntamiento junto con los mismos.

El teniente da órdenes a los dos cabecillas y estos llaman a sus camaradas, los cuales forman marcialmente. El teniente pasó revista a la tropa formada por los falangistas como si se tratasen de legionarios que debieran ir perfectamente uniformados.

—El ejército de Pancho Villa —dice al tiempo que escupe en el suelo con gesto de asco, lo cual le produce angustia y termina vomitando a los pies de los dos cabecillas falangistas que, de inmediato, se apresuran a disculparle.
—Eso es el mareo del viaje —dice Ernesto Pujalte, padre.

—Sí, eso debe ser —añade el falangista forastero.

—Vamos a lo que hemos venido y dejémonos de monsergas. Por cierto. ¿Tienen ustedes cura en el pueblo? —carraspea el teniente limpiándose con la manga de la camisa la boca.

—No, mi teniente. Lo mataron los rojos que vinieron del pueblo de Carmelo —contesta Ernesto Pujalte, padre, señalando con la mirada al otro falangista.
—Esos ya no matan a nadie, nosotros ya hemos hecho nuestro trabajo —replica el falangista del pueblo vecino.

—Tampoco importa, así van directos al infierno —dice el teniente y ríe exhalando ahora un olor a agrio por los vómitos. Se percata de ello y saca una pequeña cantimplora que, en lugar de agua, lleva aguardiente. Echa un trago, se enjuaga la boca y la escupe al suelo.

Se introducen junto con el teniente los dos cabecillas falangistas en el interior del Ayuntamiento, dejando en la plaza una imagen muy particular: en un lado, dos personas muertas junto con tres jóvenes falangistas que apuntan a una muchacha indefensa, que permanece en el suelo; en otro, unos veinte falangistas formados en posición de firmes sin atreverse a romper filas sin una orden superior y una docena de marroquíes apuntando a los vecinos del pueblo, estos, todos con el brazo levantado haciendo el saludo fascista, mientras media docena de magrebíes van arrancando medallas católicas y sortijas a las mujeres que las llevaban en el cuello.

Al salir los falangistas y teniente, este lleva un papel en la mano con los nombres de algunos vecinos. El teniente llama al sargento marroquí, el cual se encarga de formar grupos mixtos de magrebíes, falangistas locales y forasteros para, a continuación, salir en distintas direcciones sus integrantes. Pronto se escuchan los primeros disparos y comienzan a aparecer vecinos con las manos en alto encañonados por marroquís, algunos acompañados de sus mujeres e hijos. El teniente hace un gesto ordenando a los vecinos del pueblo para que se pongan unos al lado de los otros.

—Antonio De las Heras…

Comienza a leer el teniente. Instintivamente todos miran en dirección a donde se encuentra el hijo de Ernesto Pujalte, Clara y los cadáveres de la madre y hermano de la muchacha.

—¿Ya estamos? ¿No he dicho todos los de la lista? —pregunta el teniente de mal humor. Ernesto Pujalte, padre, marcha en dirección a Clara.

—Clarita… ¿Dónde coño está tu padre?

—Yo qué mierda sé —responde ella.

—Mal vamos, no está bien que el alcalde no esté presente para rendir lealtad a las nuevas autoridades. No, Clarita, no.

Encañonado por un falangista y dos marroquíes entra en esos momentos en la plaza un hombre de unos cincuenta años, como los anteriores, con las manos en alto.

—Aquí está el señor alcalde —grita Ernesto Pujalte para que le pueda oír el teniente a pesar de estar a menos de tres metros del mismo. Asimismo, quiere atraer su atención, del recién llegado, hacia el cuadro que presenta su esposa y al hijo muertos, y su hija Clara, que todavía permanece en el suelo con la falda subida.

Ernesto, padre, ahora lleva una pequeña pistola que le ha entregado el teniente, se apresura a ponérsela en la sien a la muchacha.

—¡Anda, bájate la falda, cochina!

El hombre recién llegado palidece al ver los cadáveres de su esposa e hijo en el suelo y a su hija de tal guisa; sin medir las consecuencias, corre en dirección a su familia. Un marroquí alza el fusil con intención de disparar, el gesto del teniente evita el disparo. El hombre se arrodilla ante los cuerpos de su mujer e hijo.

—¿Dónde estaba? —le pregunta Ernesto Pujalte al falangista que había acompañado a los moros a buscar al alcalde.

—Quemando papeles en la lumbre—contesta el falangista que lo había traído.
—¿Quemando papeles? Traed a ese elemento rápido —ordena el teniente.

De inmediato, dos falangistas locales se abalanzan sobre el hombre y le llevan arrastras hacia donde se encuentra el teniente.  La muchacha intenta agarrarse a él, gritando y suplicando.

—Sargento, mande a dos hombres que hagan callar a esa guarra como saben hacerlo los hombres de verdad... —ordena el teniente haciendo una pausa— con el padre presente —sentencia con una sonrisa irónica.

Dos soldados marroquís agarran a la muchacha levantándola del suelo y se encaminan en dirección de una de las casas abiertas, de la que momentos antes habían sacado a sus habitantes. Se paran delante del teniente. Ernesto Pujalte, hijo, sin que nadie se lo ordene les acompaña. Al pasar por delante del padre de Clara se ríe y este le responde con un salivazo. Reacciona el joven falangista con rabia, acompañando la ira con un movimiento de escopeta, que de nuevo el teniente le impide el disparo.

—¿Dónde te crees que vas tú, mocoso? Aquí nadie hace nada sin mi permiso… ¿Estamos?

—Yo, bueno, iba a ayudar… —titubeó Ernesto Pujalte, hijo.

—Ah, bueno, pues nada. Vamos, viejo, en tus manos está que esos moros te desgracien la muchacha. Quiero que me digas todo lo que había en los papeles que has quemado.

—Cosas de la Casa del Pueblo... y del Ayuntamiento.

—Cosas que iban contra España… ¿No? Y que me vas a decir una por una, ¿de acuerdo? Delante de todos.

—No las he leído.

—Pasad para adentro con la muchacha. Muchacho, tú también, a ver si te haces un hombre —ríe, dándole un golpe con el codo al padre del joven. El joven falangista sonríe satisfecho—. Veremos a ver si cambias de idea.

—Hacerme a mí lo que queráis, a mi hija no.

—Siempre la misma monserga, ¿sabes? Viendo la cara de analfabeto que tienes, hasta te creo, pero has quemado unos papeles que deberías haber entregado a las autoridades y eso tiene un castigo, no vaya a ser que a alguien se le dé por quemar o hacer cosas que no deba. Para adentro. Este paleto también… por si recuerda algo mientras tanto.

Los marroquís de nuevo cogen en volandas a Clara y la introducen en el interior de la casa con Ernesto Pujalte, hijo, acompañando a los magrebís. Pronto comienzan a salir gritos desgarradores de la garganta de la muchacha, que atraviesan la silenciosa plaza. El teniente saca la pistola del cinto y se la coloca en la sien al alcalde obligándole a pasar al interior de la casa. Los gritos de Clara cesan, aunque nadie fuera conoce el motivo. Instantes después salen los dos marroquíes, el teniente y el alcalde. Unos minutos después, sale Ernesto Pujalte abrochándose el cinturón y apuntando a Clara con la escopeta. La muchacha está semidesnuda, llorando lastimeramente. Sus labios sangran, mordidos por ella para evitar gritar. Sus piernas se encuentran ensangrentadas. Realiza un vano intento por tapar su cuerpo, pero tiene todas las ropas destrozadas. El teniente le obliga a ponerse frente a la gente, tiritando de nervios, frío, indignación y vergüenza. Estira de la poca ropa que le queda, exhibiéndola para que todos pudiesen asimilar la lección.

—Deberíais haber aprendido quién manda en España. A nosotros no nos gustan estas cosas, pero no nos dejáis otra alternativa. Espero que os sirva como escarmiento —dijo el teniente apuntando con la pistola al grupo. Apunta a las mujeres más jóvenes. Después se dirige a la muchacha y a su padre —: Ahora uniros al grupo. Calladitos, señor alcalde, quítate la chaqueta y dásela a tu hija, que deshonra a la patria.

El padre de Clara se quita la chaqueta de pana sin poder contener las lágrimas y se la pone a su hija por encima de los hombros. Cuidadosamente se la abrocha, sin atreverse a mirarle a los ojos. Ella igualmente esquiva la mirada del padre. Ambos sienten vergüenza como si fuesen ellos los culpables. Anita, que todavía no había cumplido los trece años, se quita el pañuelo que lleva sobre la cabeza con movimientos pausados. Nadie la mira, todos están pendientes de las palabras del teniente y de los fusiles y escopetas que les apuntan. Ella tampoco quiere mirar a nadie con sus asustados ojos, se siente aterrorizada. Se acerca por la espalda a su vecina Clara y sin pedirle permiso a nadie, anuda su pañuelo de flores sobre el talle de Clara para tapar aquello que no cubre la chaqueta. Ernesto Pujalte, hijo, empuja a la chiquilla, que cae en el suelo. Entonces todos reparan en Anita.

No fueron necesarias palabras, la mirada del teniente al sargento es suficiente, tres soldados marroquís la levantan del suelo y la llevan para la casa donde instantes antes había salido Clara. Manuel, su padre, que intenta evitarlo, cae fulminado de un disparo. Los desgarradores gritos de la chiquilla pronto cesaron. Nunca salió de aquella casa. A lo largo de aquel triste día, tres muchachas más fueron violadas en el pueblo.

—¿Es necesario que nos obliguéis a esto? —preguntó el teniente cuando todavía se escuchaban los desgarradores gritos de la chiquilla.

Ernesto Pujalte, padre, que iba repasando los nombres de quienes subirían al camión, al pasar por al lado de Clara, todavía le quedaron ganas para el sarcasmo.

—Clarita, me temo que mi chico ya no quiere casarse contigo, ya no estás entera.

—Hijos de la gran puta. Tú, tu hijo y todos los bastardos hijos de la gran puta… —grito la muchacha como el alarido desesperado de quien busca la muerte. Grito apagado por un puñetazo en los labios de Ernesto Pujalte, hijo. Clara saca fuerzas de donde no tiene, humillada, notando la sangre caliente correr por sus muslos, por sus labios, en el interior de su paladar y mira desafiante a padre e hijo. Ernesto Pujalte, padre, hace un gesto de disparar, pero ha aprendido pronto y mira al teniente antes de actuar. Este niega con la cabeza.

—No aprendemos, así no hay forma. Vamos, alcalde, directo al camión, y a quienes nombre Ernesto, detrás —dice el teniente mirando al grupo—. Todo aquel que tenga papeles, que sepa algo, que quiera colaborar, Franco sabrá ser generoso con él. Quien haga lo que vuestro alcalde…Ya habéis visto, si tenéis hijas o mujeres, ya sabéis lo que les puede pasar.

Al hombre es al primero que intentan llevarse al camión. Abrazado a la muchacha como está, resulta imposible desprenderse de ella. Clara recibe un nuevo golpe, ahora en la sien, cayendo al suelo desvanecida. Entonces le pegan al padre otro y se lo llevan arrastrado al camión, después se llevarían a otros cuantos. A Antonio lo suben al camión sin saber si su hija está muerta, hasta meses después no lo sabría.



—¿Qué hacemos con esta escoria, mi teniente? —preguntó uno de los falangistas señalando a Clara, que comenzaba a dar muestras de estar viva.

—Dejarla, en su vientre lleva la penitencia. Seguro que terminará de zorra en una casa de putas de Madrid —respondió el teniente.

Clara, vive, pero hubiese preferido estar muerta. Tardó en averiguar el peregrinaje carcelario de su padre, de Villarrobledo a Ocaña, y finalmente Cuenca. Allí se traslada ella. Pasa hambre y fatigas, al tiempo que ve como su vientre se va abultando a medida que su cuerpo adelgaza. Si sale su padre de la cárcel, se marchará con él a donde él quiera, menos a su pueblo. Si lo matan, ya lo pensará. Casi nueve meses después, en el corazón de Clara no hay lugar para el perdón. El fruto de su vientre ve la luz en una casa extraña, en un pueblo que nunca había oído nombrar, junto a una mujer que le hace sentir ganas de vivir. Una desconocida que le ayuda a querer con toda su alma a esa hija que comenzó a odiar desde el mismo momento en que supo que estaba embarazada. No solo su corazón es incapaz de perdonar, sino que en él no hay resquicio para el amor. Son muchas las noches de pesadillas en las cuales revive aquella humillación. Escucha las risotadas de moros y de aquel al cual siempre consideró su amigo, que decía estar enamorado de ella, al que ella siempre rechazó a pesar de que todas sus amigas considerasen que era guapísimo. No es que ella pensase lo contrario, pero nunca llegó a albergar ningún deseo de estar a su lado. En las noches revive la pesadilla de ver sobre su cuerpo adolescente babear a aquellos moros con olor a aguardiente y aquel imberbe admirador derramando su cobardía en el interior de su vientre. Siente asco de unos y del otro, no quiere perdonar, pero tampoco olvidar. Si en principio su única razón de vivir fue su padre, ahora sin darse cuenta le ata a la vida esa mujer, tal vez no excesivamente bella, pero con unos cautivadores ojos verdes. Mujer a la cual ve desnudarse todas las noches y siente sensaciones que jamás le habían provocado ningún hombre. Agradece, en esas noches de pesadillas, sus besos fraternales, pero sus caricias le hacen pensar que tal vez la vida merece la pena vivirse...


 ©CAPÍTULO VIIº  de la novela ©Magdalenas sin azúcar
©EL BASTARDO DE SU PADRE
©Paco Arenas

La novela se puede comprar en Amazon


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