sábado, 7 de julio de 2018

Las violaciones de niñas durante la represión franquista

Es un tema del que no se ha hablado lo suficiente pese a la gravedad de los hechos. Las mujeres, e incluso las niñas, fueron botín de guerra para las fuerzas golpistas y mercenarias del general Franco.  Botín que en muchos casos formaba parte de la soldada que recibían los mercenarios marroquíes. El número de mujeres y niñas que fueron violadas y en muchos casos asesinadas a lo largo de la geografía española resultan estremecedor, siendo cientos y posiblemente miles su numero.

En Magdalenas sin azúcar, novela basada en hecho reales, relato un caso que tuvo lugar en un pueblo del sur de España, y que por la promesa realizada a la persona que me lo narró, no desvelo.

Posiblemente es el capítulo más duro de toda la novela, y lleva por título:


 El bastardo de su padre (extracto):



 Los marroquís de nuevo cogen en volandas a Clara y la introducen en el interior de la casa con Ernesto Pujalte, hijo, acompañando a los magrebís. Pronto comienzan a salir gritos desgarradores de la garganta de la muchacha, que atraviesan la silenciosa plaza. El teniente saca la pistola del cinto y se la coloca en la sien al alcalde obligándole a pasar al interior de la casa. Los gritos de Clara cesan, aunque nadie fuera conoce el motivo. Instantes después salen los dos marroquíes, el teniente y el alcalde. Unos minutos después, sale Ernesto Pujalte abrochándose el cinturón y apuntando a Clara con la escopeta. La muchacha está semidesnuda, llorando lastimeramente. Sus labios sangran, mordidos por ella para evitar gritar. Sus piernas se encuentran ensangrentadas. Realiza un vano intento por tapar su cuerpo, pero tiene todas las ropas destrozadas. El teniente le obliga a ponerse frente a la gente, tiritando de nervios, frío, indignación y vergüenza. Estira de la poca ropa que le queda, exhibiéndola para que todos pudiesen asimilar la lección.
—Deberíais haber aprendido quién manda en España. A nosotros no nos gustan estas cosas, pero no nos dejáis otra alternativa. Espero que os sirva como escarmiento —dijo el teniente apuntando con la pistola al grupo. Apunta a las mujeres más jóvenes. Después se dirige a la muchacha y a su padre —: Ahora uniros al grupo. Calladitos, señor alcalde, quítate la chaqueta y dásela a tu hija, que deshonra a la patria.
El padre de Clara se quita la chaqueta de pana sin poder contener las lágrimas y se la pone a su hija por encima de los hombros. Cuidadosamente se la abrocha, sin atreverse a mirarle a los ojos. Ella igualmente esquiva la mirada del padre. Ambos sienten vergüenza como si fuesen ellos los culpables. Anita, que todavía no había cumplido los trece años, se quita el pañuelo que lleva sobre la cabeza con movimientos pausados. Nadie la mira, todos están pendientes de las palabras del teniente y de los fusiles y escopetas que les apuntan. Ella tampoco quiere mirar a nadie con sus asustados ojos, se siente aterrorizada. Se acerca por la espalda a su vecina Clara y sin pedirle permiso a nadie, anuda su pañuelo de flores sobre el talle de Clara para tapar aquello que no cubre la chaqueta. Ernesto Pujalte, hijo, empuja a la chiquilla, que cae en el suelo. Entonces todos reparan en Anita.
No fueron necesarias palabras, la mirada del teniente al sargento fue suficiente, tres soldados marroquís la levantan del suelo y la llevan para la casa donde instantes antes había salido Clara. Manuel, su padre, que intenta evitarlo, cae fulminado de un disparo. Los desgarradores gritos de la chiquilla pronto cesaron. Nunca salió de aquella casa.
 A lo largo de aquel triste día, tres muchachas más fueron violadas en el pueblo.
—¡Por Dios! ¡Por Dios! ¿Es necesario que nos obliguéis a esto? —preguntó el teniente cuando todavía se escuchaban los desgarradores gritos de la chiquilla.
Ajeno a los gritos de la niña, Ernesto Pujalte, padre, iba repasando los nombres de quienes subirían al camión, al pasar por al lado de Clara, todavía le quedaron ganas para el sarcasmo.
—Clarita, me temo que mi chico ya no quiere casarse contigo, ya no estás entera.
—Hijos de la gran puta. Tú, tu hijo y todos los bastardos hijos de la gran puta… —grito la muchacha como el alarido desesperado de quien busca la muerte. Grito apagado por un puñetazo en los labios de Ernesto Pujalte, hijo. Clara saca fuerzas de donde no tiene, humillada, notando la sangre caliente correr por sus muslos, por sus labios, en el interior de su paladar y mira desafiante a padre e hijo. Ernesto Pujalte, padre, hace un gesto de disparar, pero ha aprendido pronto y mira al teniente antes de actuar. Este niega con la cabeza.
—No aprendemos, así no hay forma. Vamos, alcalde, directo al camión, y a quienes nombre Ernesto, detrás —dice el teniente mirando al grupo—. Todo aquel que tenga papeles, que sepa algo, que quiera colaborar, Franco sabrá ser generoso con él. Quien haga lo que vuestro alcalde…Ya habéis visto, si tenéis hijas o mujeres, ya sabéis lo que les puede pasar.
Al hombre es al primero que intentan llevarse al camión. Abrazado a la muchacha como está, resulta imposible desprenderse de ella. Clara recibe un nuevo golpe, ahora en la sien, cayendo al suelo desvanecida. Entonces le pegan al padre otro y se lo llevan arrastrado al camión, después se llevarían a otros cuantos. A Antonio lo suben al camión sin saber si su hija está muerta, hasta meses después no lo sabría.
—¿Qué hacemos con esta escoria, mi teniente? —preguntó uno de los falangistas señalando a Clara, que comenzaba a dar muestras de estar viva.
—Dejarla, en su vientre lleva la penitencia. Seguro que terminará de zorra en una casa de putas de Madrid —respondió el teniente.
Clara, vive, pero hubiese preferido estar muerta…

Extracto de la novela ©Magdalenas sin azúcar
©Paco Arenas

La novela se puede comprar en Amazon

o a través del Messenger del autor  Paco Arenas

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