martes, 9 de diciembre de 2014

La inquisición



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Durante más de tres siglos de incesante matanza, una sociedad de la Iglesia Católica Romana tuvo poder absoluto para torturar y ejecutar a todos aquellos acusados de blasfemia, herejía y rendir culto al diablo. Miles de personas murieron en sus manos. Culturas enteras fueron barridas bajo el signo de la cruz. Tristemente célebre por su negro pasado, esa sociedad aún sigue lacerando la historia con sus crueldades.


BREVE HISTORIA DE LA INQUISICIÓN

Antes del reinado de Constantino, o la unión de la Iglesia y el Estado, los delitos espirituales y de herejía eran castigados por excomuniones, pero sólo poco después que se añadieran sus penas capitales de muerte. Teodosio se cree generalmente haber sido el primero de los emperadores romanos que pronunció que la herejía era un delito capital. Pero los inquisidores de la época no pertenecían a la orden clerical, eran laicos nombrados por los presectos romanos. Prisciliano, el hereje español, fue condenado a muerte cerca del 385. Justiniano en el 529 promulgó leyes penales contra los herejes, y de ahí en adelante, según pasaban los siglos los procesos en contra de los herejes fueron aumentando severamente. No fue, sin embargo, hasta el siglo XIII que el tribunal de la Inquisición fue establecido por la ley canónica. Luego se convirtió en un tribunal criminal, encargado de la investigación, el procesamiento y el castigo de la herejía, la apostasía, y otros delitos en contra de la iglesia. La Inquisición tuvo su origen en la guerra contra los albigenses. El legado papal descubrió que la masacre abierta de herejes nunca lograría su total exterminio. Esta dificultad llevó a la creación de una nueva fraternidad llamada la “Orden de la Santa Fe”, cuyos miembros estaban obligados por juramento solemne a emplear sus máximos poderes para aplicar la libre investigación en materia de religión y de mantener la unidad de la fe, con el fin de destruir a todos los herejes y para eliminar toda herejía de los hogares, los corazones y las almas de los hombres.
Este terrible tribunal fue introducido gradualmente en los estados italianos, en Francia, España y otros países, pero en las islas británicas nunca se le permitió abrirse paso. En Francia e Italia, se requirieron grandes esfuerzos y perseverancia para organizarlo y establecerlo; Alemania resistió con éxito una Inquisición permanente, en España, sin embargo, a pesar de que se encontró con cierta oposición al principio, rápidamente ganó base, y con el tiempo alcanzó una magnitud la cual, por una variedad de causas, nunca alcanzó en otros países. Poco a poco, el poder y la autoridad de los inquisidores aumentó, y fueron llamados a pronunciar juicio, no sólo sobre las palabras y acciones, sino también sobre los pensamientos y las intenciones de los acusados. Durante el siglo XIV, su progreso se mantuvo estable, mientras que el rigor y la energía estaban continuamente en aumento. Pero no fue hasta el final del siglo XV, cuando Isabel, esposa de Fernando de Aragón ascendió al trono de Castilla, y cuando los diferentes reinos de España – Castilla, Navarra, Aragón y Portugal – se unieron bajo estos soberanos, que la Inquisición vino a ser general en el país, y asumió la forma que se mantuvo hasta el día de su disolución en 1808.

PROCEDIMIENTO INTERNO DE LA INQUISICIÓN

Como sabemos hoy en día, los hechos más oscuros, la tiranía más irresponsable y las crueldades inhumanas que jamás ennegrecieran la historia de la humanidad, pueden ser escritas, con largos detalles dolorosamente ciertos, pero nos quedaríamos cortos de papel, así que vamos sólo a ver algunas declaraciones y extractos breves.
Ningún tribunal, podemos afirmar con seguridad, independientemente de la justicia, la humanidad y toda relación sagrada en la vida, ha existido alguna vez en los dominios del paganismo o mahometismo. Cuando un hombre era levemente sospechoso de herejía, espías, llamados “los familiares de la Inquisición”, eran empleados para vigilarlo de cerca, con el fin de descubrir una excusa, por más pequeña que fuera, para entregarlo al tribunal del Santo Oficio. El hombre podría haber sido un buen católico, pero Juan Antonio Llorente nos asegura que nueve de diez prisioneros eran fieles a la fe católica, tal vez, era sospechoso de tener opiniones liberales, o quizás se le escucho en alguna conversación que demostraba que sabía más de la teología que los mismos monjes, o difería con ellos en algún punto de la doctrina. Cualquiera de estas cosas sería suficiente para despertar sospechas, pues no hay nada más temible que una nueva luz o la verdad; éste era entonces marcado y denunciado por “los familiares de la Inquisición”.
A medianoche tocaban la puerta de su casa, al hombre sospechoso se le ordenaba acompañar a los mensajeros del Santo Oficio. Su esposa y su familia sabían lo que eso significaba; su angustia era grande, ahora debían despedirse por última vez del amado esposo y padre. No se atrevían a decir ni una palabra de súplica o de protesta. Así, de repente y de forma inesperada esta institución temible caía sobre sus víctimas. Las esposas perdían a sus maridos, los maridos a sus esposas, los padres a sus hijos y los amos a sus sirvientes, sin pregunta o suspiro alguno. El terror era el gran elemento de su poder. Ningún hombre, desde el monarca al esclavo, sabía cuando tocarían a su puerta. Un secreto impenetrable caracteriza todas las actuaciones de esta institución. Este sentimiento de inseguridad y la imaginación ayudaba a aumentar la terrible realidad.
Ni puesto social, ni edad, ni sexo, proporcionaba ninguna defensa contra la vigilancia y la severidad de los vigilantes. El detenido, la víctima indefensa, está ahora en manos de la Inquisición, una vez en manos de la Inquisición pocos eran los que salían absueltos y justificados; se dice que sólo uno de cada mil. Se hacían varios procedimientos sobre la presunta culpabilidad de los acusados, pero todos eran una burla de la justicia. El tribunal se llevaba a cabo en profundo secreto, ningún abogado comparecía ante el tribunal, ningún testigo se enfrentaba a los acusados, no se decía quienes fueron los informantes, no se informaba cuales eran los cargos, excepto la vaga acusación de herejía, en fin, no se sabía nada. El presunto hereje era convocado por primera vez para declarar bajo juramento la verdad, toda la verdad, de toda persona, viva o muerta, de sí mismo, o como él mismo, bajo la sospecha de herejía, o Waldensismo. Si se negaba, era arrojado a un calabozo, el más triste, el más sucio, y más asqueroso, de aquellos tiempos. No había mentira que fuera demasiado grande o truco demasiado astuto para esta deliberada y sistemática tortura moral que era sólo con el fin de obtener la confesión del prisionero contra sí mismo, o una denuncia en contra de otros. El objetivo deliberado de este proceso era quebrantar el espíritu del prisionero, la comida se le iba disminuyendo poco a poco hasta que el cuerpo y el alma estaban quebrantados. Era dejado en la oscuridad, la soledad y el silencio. La siguiente parte del procedimiento del Santo Oficio en estas prisiones secretas era la aplicación de la tortura física. Se le acusada de ocultar y negar la verdad. La víctima en vano afirmaba que había respondido todas las preguntas completa y honestamente según su conciencia, se le obligaba a confesar si alguna vez había albergado un mal pensamiento en su corazón en contra de la iglesia, o el Santo Oficio, o cualquier otra cosa decidieran nombrar. No importaba cuál fuera la respuesta que diera, era denunciado como un hereje obstinado. Después de algunas expresiones hipócritas en cuanto a su amor por el alma del acusado, y ​​su sincero deseo de librarlo del error, para que pudiera obtener la salvación, los inquisidores le mostraban los aparatos o instrumentos de tortura, y luego procedían a aplicar la tortura para obligarlo a confesar su pecado.

LA APLICACIÓN DE LA TORTURA

Son pocas las personas que hoy en día tienen idea del carácter cruel del papado y de la sed de sangre que estos [santos de Dios] tenían, y aún tienen. Si no fuera por el hecho de que hay que decir y contar la verdad y mostrar la verdadera historia y naturaleza del papado, preferiría no contar las crueles descripciones de las torturas y actividades que se llevaron acabo en aquel tiempo, Nota del editor y traductor de este documento: las cuales pronto se volverán a repetir, pues los autores de aquellas atrocidades siguen siendo los mismos y con la misma sed de antes, pues su naturaleza no ha cambiado. Todavía en 1820, la cual puede decirse que es nuestra propia época, cuando la Inquisición se abrió en Madrid, por ordenes de Cortés, se encontraron veintiún prisioneros en ella: ninguno de ellos sabía el nombre de la ciudad en que se encontraban, algunos habían estado confinados durante tres años, algunos durante más tiempo, y ninguno sabía perfectamente la naturaleza del delito por el que se les acusaba. Una de estas personas iba a sufrir la muerte por el péndulo. Este método de tortura se describe así: el condenado se amarraba a una ranura, sobre una mesa, de espaldas, suspendido por encima de él estaba un péndulo, cuyo borde era afilado, y estaba construido de tal manera que se hacía más largo con cada movimiento. La víctima veía este instrumento de destrucción balanceándose de un lado a otro por encima de él, y a cada momento el borde afilado se acerca cada más y más hasta que éste cortaba la piel de su cara, y poco a poco a través de la cabeza, hasta que este moría. Este fué un castigo del Tribunal Secreto en 1820, y puede seguir siéndolo hoy en algunos lugares de España e Italia!
Las penitencias y castigos a los que los acusados ​​fueron sometidos, con el fin de obtener una confesión, como los inquisidores deseaban, eran muchos y variados
La garrucha era el nombre con el que se conoció en la España del siglo XV, al método de tortura conocido como el estrapado, propio de la época medieval. Consistía en atar al reo con las manos atrás y levantarlo con una cuerda por medio de una polea, de ahí el nombre de garrucha. A la víctima se le colocaban pesos en los pies, para después cuando se encontraba elevado, dejarlo caer de golpe contra el suelo. Esto se repetía varias veces. Al levantarlo, lo que podía provocar la dislocación de las articulaciones – hombros, codos y muñecas – hay que sumar las posibles fracturas y magulladuras, en todo el cuerpo, y piernas principalmente, que producían las múltiples caídas.
El potro, era un instrumento de tortura en el que la víctima, atada de pies y manos con unas cuerdas o cintas de cuero, a los dos extremos de este aparato, era estirada lentamente produciéndole la dislocación de todas las articulaciones – muñecas, tobillos, codos, rodillas, hombros y caderas -. Este método, se tiene constancia que se aplicó durante todo el período que duró la Inquisición en los países de Francia y Alemania; si bien ya se conocía desde mucho antes y por supuesto se utilizaba frecuentemente en los lúgubres calabozos de castillos, prisiones y palacios de justicia.
La tortura por fuego fue igualmente dolorosa. El prisionero era extendiendo en el suelo, las plantas de los pies se frotaban con manteca de cerdo, y se colocaban cerca del fuego, hasta que, retorciéndose de dolor, estaba dispuesto a confesar lo que requieren sus torturadores.
Los jueces aplicaban la misma tortura una segunda vez a sus víctimas, para que confesaran los motivos e intenciones de sus corazones, por su conducta o dichos confesados, y por tercera vez, para que pudieran revelar a sus cómplices o encubridores.
Cuando estas crueles torturas no podían arrancarles una confesión, artificios y trampas eran entonces usadas. Personas eran enviadas a los calabosos, haciéndose pasar por presos como ellos, que se habían aventuraron a hablar en contra de la Inquisición, pero sólo con el fin testificar en su contra. Cuando el acusado era declarado oficialmente culpable, ya sea por testigos falsos o por su propia confesión forzada, era condenado según su delito, a la muerte, a cadena perpetua, a las galeras (como esclavo en los barcos), o la flagelación. Los condenados a muerte por fuego eran acumulados hasta tener un gran número de ellos, para que el sacrificio de muchos acusados a la misma vez pudiera producir un efecto más impactante y terrible.

EL AUTO DE FE

La muerte cruel por cual la Inquisición terminaba la carrera de sus víctimas fue diseñada en España y Portugal, se le llamó “AUTO DE FE”, o “Act of Faith” y era considerada como una ceremonia religiosa y solemne, para que la ceremonia tuviera mayor santidad, se llevaba a cabo siempre en el día del Señor. Las víctimas inocentes de esta barbarie papal eran llevadas en procesión al lugar de la ejecución. Iban vestidos de la manera más fantástica. En los gorros y túnicas de algunos se pintaban las llamas del infierno, dragones y demonios. Los jesuítas susurraban a sus oídos que el fuego que estaba ante ellos no eran más que los fuegos del infierno que tendrían que soportar para siempre.
Si alguno de corazón valiente intentaba decir algo para el Señor, o en defensa de la verdad por la que estaba a punto de morir, su boca era amordazada al instante. Los condenados eran encadenados a estacas. Cualquiera que confesara que era un verdadero católico y quería morir en la fe católica, tenía el privilegio de ser estrangulado antes de ser quemado, pero los que se negaban a reclamar este privilegio, eran quemados vivos, y reducidos a cenizas.
Las piezas de madera, a veces verde, se colocaban alrededor de la parte inferior de la estaca y se prendían en fuego. Sus sufrimientos eran indescriptibles. Las extremidades más bajas del cuerpo a veces se quemaban hasta tostarse antes de que las llamas alcanzaron las partes vitales. Y este espectáculo atroz era visto por una multitud de personas de ambos sexos y de todas las edades, con alegría, así de desmoralizadas estaban las personas por el romanismo. Por más de cuatro siglos, el Auto de Fe fue una fiesta nacional en España, la cual sus reyes y reinas, príncipes y princesas, fueron testigos en la pompa de la realeza.
De acuerdo con los cálculos de Llorente, compilados de los registros de la Inquisición, parece que desde el año 1481 hasta 1808 este tribunal condenó, sólo en España, más de trescientos cuarenta y un mil personas. Y si a esta cifra se añade a todos los que sufrieron en otros países, entonces bajo el dominio de España, ¿cuál sería el total? Torquemada, al ser hecho inquisidor general de Aragón en 1483, quemó vivos, para señalizar su ascenso al Santo Oficio, a no menos de dos mil de los prisioneros de la Inquisición. Reyes, príncipes, señoras de la realeza, hombres de inteligencia en los magistrados, prelados, ministros de Estado, todos eran acusados ​​y juzgados sin piedad por el Santo Oficio.
Pero Dios los conoce a todos – Él conoce a los perseguidos que sufrieron, conoce también a los perseguidores, Él sabe cómo recompensar a unos y juzgar a otros. Los hechos oscuros de aquellos calabosos secretos, el gemido lastimero de las víctimas indefensas, los vituperios de los Dominicanos que no serán perdonados, todos deben ser revelados ante el trono de la justicia inflexible, de la pureza abrumadora. Todos, el papa y su grupo de cardenales, el abad y su fraternidad de monjes, el inquisidor general y sus carceleros, torturadores y verdugos, todos deben comparecer ante “el gran trono blanco” – el tribunal de Cristo.
Allí tenemos que dejar a estos hombres impíos, agradecidos de que no tenemos que juzgarlos, y perfectamente contentos con las decisiones del Señor. ¿No hará El Juez de toda la tierra lo que está bien?
El que reprendió a sus discípulos por albergar la idea de hacer descender fuego sobre los samaritanos los juzgará por su propia ley. Él dejó constancia de lo que debería haber sido una guía para su pueblo en todas las edades.
Él reprendió a los discípulos, y dijo: “Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. (Lucas 9:55, 56.)
Debemos dejar claro aquí lo siguiente: no consideramos a todos los que sufrieron por la Inquisición como mártires, ni siquiera cristianos. Para los inquisidores los delitos de herejía por los que condenaban a sus víctimas incluían el judaísmo, mahometismo, la brujería, la poligamia, la apostasía y otros, además, no tenemos el privilegio de conocer el testimonio final de los que sufrieron, fueron condenados y murieron. Estos eran muy diferentes a los mártires bajo la época de los emperadores paganos. Al mismo tiempo, es imposible no estar fuertemente conmovidos por el horror y la compasión, cuando leemos la historia de ese período oscuro y diabólico.
Usted tiene ahora ante sí el inicio y el carácter general de la Inquisición, los casos individuales de su crueldad vendrán ante nosotros según avancemos hacia el fin de nuestra historia.

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