A las cuatro menos diez, los relojes se pararon en el
Tribunal Supremo, transformándose, una vez más, en una Suprema Vergüenza, en
una gran charca donde el lodo ganaba cada día más terreno. Mientras, del fondo más
profundo de las cunetas se puede escuchar, de nuevo, los gritos de dolor de todos
los asesinados en los paredones de España dejando un halo de dolor inmenso en
el corazón de las gentes honradas.
De las cunetas surgieron amapolas rojas, que con inusitada
virulencia y determinación sobrepasaron el nivel de las espigas de trigo
esperando ver la bandera de la libertad y la dignidad ondean en las instituciones,
de inmediato se marchitaron de asco y vergüenza, al comprobar la cobardía y la
desmemoria de sus nietos.
Las estridentes risas de los asesinos retumbaron, tal y
conforme las escucharon sus víctimas, las niñas y mujeres violadas, los arrojados
vivos a los barreros, los asesinados por la espalda, los asesinados de frente,
los muertos de hambre, o de tuberculosis no atendida, también asesinados, como
Miguel que intenta entonar sus vientos del pueblo, y al escuchar la sentencia
de la Suprema Vergüenza, le entran ganas de llorar sin necesidad de volver a
escribir Las nanas de la cebolla. Y con
él, lloran todos los poetas muertos, o
mejor aquellos que nunca morirán, se escucha el lamento de Federico, no por su
asesinato en manos de canallas, sino por los cobardes hijos de España, de
Colliure, Antonio, el poeta de los poetas pide a los sepultureros que aparten
de su lápida tan indigna corona de flores, lo mismo ocurre con don Manuel desde el cementerio de Montauban, el legítimo y último jefe del Estado elegido democráticamente
en los últimos ochenta años, vomita por la afrenta de ver los colores de los
golpistas sobre su tumba, desde su interior, parece gritar «para este viaje no
son precisas alforjas», que así de nada sirven los homenajes si mantenéis todas
las herencias del usurpador genocida en sus palacios, les rendís pleitesía con
vergonzante desvergüenza.
A las cuatro menos diez la sangre de los inocentes tiñó de
rojo las togas de los prevaricadores jueces del Supremo, que rendían pleitesía
al sanguinario asesino, una vez más. Mientras tanto, a esa hora, a las cuatro
menos diez, comienza la siesta de los que siempre estuvieron dormidos, sigue la
infamia perpetua en un país que fue ejemplo de furia y ahora de vergonzante
sumisión. El nudo criminal, sigue atado y bien atado…
Paco Arenas, autor de Magdalenas sin azúcar, la novela que según algunos profesores de historia deberían leer los jóvenes y todos quienes quieran conocer la verdad.
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