jueves, 27 de marzo de 2014

¿Dónde estaban CCOO y UGT el 22 M?


Sobre las 20:15 h de la noche del 22 de marzo las cargas policiales pusieron fin a la mayor manifestación ciudadana que ha conocido la España postfranquista. El reloj de la historia marcó sus campanadas al son de los disparos y delimitó la línea de los que están y los que no están en la lucha.

La hora de la definición y el posicionamiento llegó a su fin, y por el camino se fueron desangrando, al ritmo de las consignas, de los gritos y las voces, de las palabras cargadas de política y sed de justicia surgidas de las gargantas de centenares de miles de mujeres y hombres humildes y decididos, las retóricas huecas y los conceptos abstractos y melifluos de esa parte de la izquierda que hoy, días después del 22 M, aparece alineada muy a la derecha de los millones de espíritus rebeldes que poblaron Madrid en cuerpo o en alma.

     Tras el imponente cortejo formado por más de un millón de almas portadoras de los cinco estandartes de dignidad, cabe preguntarse dónde estaban aquellos otrora representantes de la clase trabajadora. En qué lugar de Neptuno o Cibeles, a qué altura del Paseo del Prado o de Recoletos se encontraban los sindicatos mayoritarios. Cabe preguntarse, quizás ingenuamente, dónde estaban sus líderes sindicales y sus cuadros. Pero quizás por la misma ingenuidad de la pregunta, la respuesta a ésta es igual de simple. Sencillamente no estaban porque no podían estar. No estaban porque no se les esperaba. No se les esperaba porque esa misma masa revolucionaria que tomó Madrid estaba harta y hastiada de esperarlos sistemáticamente a lo largo de décadas de abandono y traición. No estaban porque su temor, su indefinición y su indignidad no cabían en las anchas avenidas que nos llevaron hasta Colón.
     No se les esperaba por la misma razón por la que no se espera, desde tiempos remotos, a esos que osan llamarse socialistas y viven a cuerpo de Rey y a costa de la clase trabajadora. No podían estar porque desmerecen marchar al son de los tambores de la dignidad, pues sus andanzas van de la mano de los Rajoy, Bañez o Rosell, y lo que para nosotros fue Colón el 22 de marzo, para ellos fue La Moncloa el 18 del mismo mes. No estaban porque sus gargantas no están hechas para gritar contra el pago de la deuda ilegítima o contra el paro, pues se postran una y otra vez a los intereses del capital firmando despidos colectivos tras despidos colectivos y asumiendo el dogal de la deuda como un hecho divino. No estaban no por falta de ganas de representar otra mascarada, si no porque su indignidad les impide reclamar un trabajo digno tras ser los testaferros de gobiernos y patronal para descarnar los derechos del trabajador y contribuir, vez tras vez, a mermar las condiciones laborales y salariales de una clase, la trabajadora, que hoy les es totalmente ajena. No estaban ni se les esperaba porque a base de traicionar y defraudar a aquellos que se deben se han convertido en un órgano alienado y alineado con los intereses del capital. No podían estar, bajo ningún precepto, pues las leyes de la física y las de la ética les impiden representar el don de la ubicuidad, ya que a esa misma hora y en las sucesivas, y en la misma ciudad, ellos estaban del lado de la oficialidad vestida de luto por la muerte de la marioneta hoy convertida en prócer franquista de la patria. No estaban ni estarán porque la misma palabra corrupción se ha convertido en moneda de uso común dentro de estas élites sindicales, apoltronadas en sus chanchullos y tejemanejes.
     Así, el 22 de marzo sirve, entre otras cosas, para clarificar la línea que divide a unos y a otros, para delimitar el espacio compartido entre compañeros de lucha, y el espacio asignado al que está enfrente. Nos ha servido para visionar que, más allá del enemigo visible y evidente que supone para la clase trabajadora el gobierno del PP, las políticas neoliberales, la Troika, el FMI y las instituciones europeas, así como la oposición socialista, existe otro enemigo cuya invisibilidad ha pasado a mejor vida: la clase dirigente de las dos grandes empresas sindicales – C.C.O.O y U.G.T - de éste país.
Y es que no se les podía ni quería esperar, no queríamos verlos pasear a nuestro lado, gritando nuestros gritos y representado otra farsa ya harto repetida. Su espacio, que no el nuestro, su lucha, que no la nuestra, se representa en los salones de La Moncloa y no en las avenidas de las ciudades españolas; sus compañeros y camaradas, los Rajoy, Bañez, Rosell, Botín, González, Roig y demás compinches, son nuestro enemigo.
El 22 M es del pueblo que tomó Madrid a las cinco de la tarde, es de los miles de personas que anduvieron los caminos mostrando a pecho descubierto su dignidad, es de todas aquellas personas que, aunque no pudieran acompañarnos por los senderos que llevaron a Madrid tenían su alma y su espíritu es la misma lucha; el 22 M es de todos aquellos parados, precarizados, estudiantes y jubilados, de los mayores los jóvenes y no tan jóvenes que asumieron su papel en la historia y decidieron enfrentarse como clase organizada al poder fáctico; el 22 M es de todas esas organizaciones que con recursos mínimos pusieron su empeño y su férrea voluntad para mover las ruedas de la historia; es de aquellos sindicatos y partidos políticos que entendieron la urgencia de un país que se desangra vivo, y que entendieron que sus intereses eran los de ese pueblo que sufre y se rebela. El 18 de Marzo, con sus funerales nacionales, con sus crespones y lutos, con toda su hipocresía y su farsa democrática es vuestro, camaradas líderes de CCOO y UGT. Esa es vuestra trinchera. Esta, nuestra lucha.
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