sábado, 3 de noviembre de 2012

Viendo Don Juan Tenorio en blanco y negro








En estos días recuerdo todos los años a mi padre, no porque este fallecido y sea el día de los difuntos, sino por su pasión por el teatro, al cual se aficiono mientras luchaba por la legalidad de la República, era capaz de recitar, a pesar de no saber leer, poesías, refranes y también pasajes enteros de alguna obra teatral. Pasada la guerra, el teatro en mi pueblo, Pinarejo,  era como en todos, era algo inexistente.  La televisión en aquellos años solo la poseían las gentes adineradas o los bares, nosotros éramos campesinos pobres así que la elección no podía ser otra que los bares para poder verla, los cuales se abarrotaban cuando jugaba el Madrid o el Atlético o retransmitían alguna corrida de toros, recuerdos tardes de verano en el Bar de "El Vivo" hasta los topes viendo una corrida de toros, eso sí, solo hombres y algún crío, para que cogiese afición. 

No ocurría lo mismo cuando en la noche del 31 de octubre TVE - que no era la 1, sino la única, no existía ni  tan siquiera la UHF, que luego sería la 2 - emitía la obra de Don Juan Tenorio, desde el primer momento mi padre junto a otros cuatro o cinco amigos acudía todos los años a ver la obra teatral de Zorrilla al bar de Francisco, “El Torcio”, bar que se encontraba en la plaza.


El último año de vida de mi padre se empeñó en que yo le acompañase, ante el disgusto de mi madre que no le parecía muy correcto que un crío de siete años pisase un bar, o una taberna, como decía ella, llena de borrachos y viejos.  Pero mi padre al final se salió con la suya, me abrigaron bien, con bufanda y gorro incluido y nos presentamos en el bar, donde aquella fría noche apenas habían diez o doce hombres que al comenzar quedaron solo cuatro o cinco.  Al comenzar la obra, todo el mundo, los pocos que estábamos, hicimos silencio  más interesados en ver a Don Juan Tenorio que de beber o “cascar”, nos sentamos todos juntos en la misma mesa, yo medio acurrucado junto a mi padre, de cara al televisor, esperando ver algo extraordinario.  - Debieron pasar muchos años para llegar a apreciarlo - En la mesa una botella de vino, una de gaseosa y un “Cholet” de vainilla, unos "alcahuetes" cacahuetes y aceitunas.
 De aquel día recuerdo a Germán Jiménez “Trequetales, hermano de mi cuñado Isidro,  a Joaquín “El Tuerto”, padre de Herminia y abuelo de Miguel, un gran fisioterapeuta que trabaja en el hospital La Fe de Valencia, a Raimundo un viejo y sabio anarquista con mil sentencias que hacían pensar a quienes le escuchábamos,  a Julián Romero “El Rojo  de Soplaeras”, consuegro de mis padres y padre de mi cuñado Victorio, de Julián “El Motosierra” y de Angelina, y junto a mi padre, sentándose con nosotros también “El Torcio”.  En fin para quien les conociese, estaban representadas en esa mesa todas las tendencias políticas, buenas personas todas, que aquella noche tenían algo en común aparte de la amistad o paisanaje, la afición, no sé si circunstancial y puntual o porque realmente tenían esa afición por el teatro que solo podían ver en una pequeña pantalla en blanco y negro.


  Vimos en silencio la obra teatral, de la cual guardo este recuerdo que me marco para siempre, tal vez porque ya nunca pude volver a verla junto con mi padre.  Al año siguiente esa noche la pase en casa de mi hermana Dolores, recuerdo que Joaquín “El Tuerto”, vecino de ella en la calle Las Eras, vino a amenizarnos la noche con historias fantásticas de miedo, contó un montón de cuentos e historias que tenían que ver con la noche de las animas, relatos orales que se habían ido transmitiendo de generación en generación y  que desgraciadamente al ser orales en la mayoría de los casos se han perdido.

Entre quienes estaban aquella noche en el bar de “El Torció”, viendo a Don Juan Tenorio, al menos tres de ellos eran muy buenos narradores, cada uno en su estilo, el mencionado Joaquín”El Tuerto”, Julián Romero, “El Rojo de Soplaeras”, que fue guardia de asalto con la República,  debido a su carácter extremadamente jovial, contaba las historias siempre dándole una chispa de humor, entre ambos estaba mi padre, en ocasiones, más cercano a “El Rojo”, lo mismo contaba historias o cuentos trágicos a los cuales en muchas ocasiones les daba un toque cómicos.  Poco o casi nada recuerdo de esas historias, mi hermana Felipa sabía muchas de ellas, pronto decía, “como decía padre”.   Algunas de esas historias todavía se podrán recuperar, recuerdo que, aunque contadas de manera diferente, eran las mismas, en muchas ocasiones surgía:  "eso ya lo ha contado fulano o zutano…"

Puede ser un desafío para ese gran investigador que tenemos en el pueblo, José Vicente Navarro, podría salir un estupendo libro con esas historias de las gentes de Pinarejo, historias como la del clavo en la puerta del cementerio que por estas fechas ha escrito de manera magistral mi amigo José Vicente.




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