sábado, 30 de marzo de 2013

Vicenta López, mi madre, una mujer luchadora

Mi madre, mí tío, yo y nuestra bandera 1984

A la hora de hablar de nuestras madres solemos caer siempre en los mismos tópicos, del mismo modo que cuando ellas hablan de nosotros siempre somos los más guapos y listos. Hablar de mi madre es hablar de unos valores, hablar de lucha y dignidad, de la lucha contra la injusticia,  hablar de la República.
Hablar de mi madre sin emocionarme me resulta imposible, hoy quince años después de su fallecimiento, un treinta de marzo, unos días antes de cumplir 86 años.  Una larga vida de lucha y sufrimiento que termino tras romperse la cadera, no había prótesis de titanio, ni clínicas privadas, al menos no para ella, no porque se las mereciese menos que su católica majestad, que a buen seguro que había hecho muchos más méritos.

Mi madre, a partir de los siete años, fue madre y padre.  Junto a ella comencé a tomar conciencia como persona y como trabajador, ella me enseño a sentirme  orgullosos de mi sangre campesina y de ser un obrero, a saber que lo que es bueno para los ricos siempre es malo para los pobres, que los ricos tienen más dinero pero los pobres somos más y aunque tengan sicarios y fusiles, si nosotros no trabajamos ellos no comen.
Me enseño los colores de la libertad;  a amar, desear y luchar por la libertad, no era todavía un adolescente y ya sabía que bandera con un aguilucho en el centro no era mi bandera, sino la del tirano que gobernaba  sobre la sangre de los muertos por aquel gris período nuestro país, que mi bandera era la bandera de los trabajadores, la bandera de la libertad, la bandera de la República.  Con aquella bandera fuimos a muchas manifestaciones cogidos del brazo, por aquella bandera, mi madre, más que yo daba la cara para que continuase ondeando, ella no se debía a ninguna disciplina de partido.

Hablar de mi madre es hablar de la República, recuerdo cuando durante la visita de los entonces príncipes de Asturias a Ibiza, allá por el año 1974,  le pregunte  para qué servía un rey y señalándome un florero con flores artificiales,  me dijo:

-          No huelen, son flores que no sirven para nada, solo adornan… pero no cuestan prácticamente “cuartos”, un rey no sirve para nada, no da ningún provecho, puede ser bonito para mucha gente, muchos de los han ido hoy estarán emocionados y recordaran este día durante muchos años, pero cuando termine la visita volverán a sus trabajos a echar 14 horas diarias.(era lo que se trabajaba entonces en los hoteles) por un sueldo de miseria que no les dará ni para malcomer, todo para mantener a esa gente, esa gente que al contrario que estas flores que no cuestan un real, nos cuestan una fortuna, un rey solo sirve para arruinar un país, como decía tu padre, “con ningún rey nos hemos hartado los pobres de comer”.


Hablar de mi madre es hablar de aquella campesina, quemada por el sol y el sufrimiento, nunca tuvo oportunidad de aprender a leer, pero que me supo transmitir los ideales de sus antepasados, de mi padre y de ella.   Me enseño que los hombres no se miden por su estatura o riqueza, sino por su honradez y dignidad, y me de alguno de esos hombres,  de Fermín Galán y Ángel García Hernández, de Largo Caballero, de Durruti y de la Pasionaria, con ardor y admiración al mismo tiempo.   Junto a ella escuche muchas noches la voz de la Pasionaria, en largas noches de radio con la esperanza puesta en un mundo mejor.

Mi madre, no odiaba a nadie, pero tenía muy claro que si bien hay que perdonar, jamás se debe olvidar, ella no creía, ni esperaba un puesto en el Paraíso, pero decía que los seres queridos siempre viven en nosotros, solo mueren cuando les olvidamos.  Yo no amanece un día de mi vida sin que no piense en ella, veo unabandera de la República y la veo a ella, porque ella me transmitió esa esperanza que representa nuestra bandera.

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