lunes, 28 de enero de 2013

Mi primera vez



 Todos hemos tenido una primera vez,  esa primera vez suele marcar en la personalidad de las personas  un antes y un después,  esa primera vez que ilusionado entras en la escuela, esa primera vez que ese mismo día quieres escapar de la escuela, esa primera vez  de olvidada adolescencia, que vas al cine con una chica y le rozas los labios cuanto apenas, notando como se erizan tus vellos y tiemblas de nerviosismo y miedo, esa primera vez que con esa misma chica o con otra, en la oscuridad de la sala tus manos deciden convertirse en Livingston, explorando los suaves precipicios de sus senos, jugueteando con sus erizados pezones adolescentes, notando como bajo tu vientre algo decide actuar por su cuenta, levantado tienda de campaña contra tu voluntad, provocando la risa nerviosa de esa chica, que te retira la mano, sin mucho empeño, lo cual tomas como un reto, la besas con la torpeza propia  de esos inseguros primeros besos adolescentes, te devuelve el beso y te sientes con ganas de explorar África entera…
La vergüenza primera del día siguiente, cuando te la encuentras en la escuela y no eres capaz de mirarla a los ojos, ni ella a ti, notas como te arde las mejillas, como te entran todos los miedos del infierno, el miedo a la condena  del pecado, estás dos o tres días que no le dices ni hola, que la miras y te ruborizas, te mira y se ruboriza, notas como dicen los poetas, mariposas en el estómago, evitas por todos los medios que nadie se percate de lo sucedido…
Se acerca el fin de semana, chocas “accidentalmente” con ella, o ella contigo, te tiemblan las piernas, le tiemblan las piernas, nervioso le dices: “El domingo hacen una de Cantinflas” ella aturdida te dice: “Que bien… ¿no?”  Y mira para todos lados, y miras para todos lados.

Del mismo modo que hay una primera vez para el amor, para el sexo, también hay una primera vez para ser corrupto, al principio sientes vergüenza, luego dices: ¿Qué bien…¿no? Y miras para todos lados.
Para todo hay una primera vez, Jesús Herrera Peña, me advierte del peligro de la corrupción y que nadie estamos libres de caer en la tentación, ni tan siquiera:

 “Incluso, para muchos españoles que parecemos honestos e incorruptibles, les vendría bien el condicional: Yo robaría, tú robarías, él robaría...., si nos pusieran en donde hay posibilidades para robar.”
He repasado mentalmente las ocasiones en que tal vez he sido corrupto, si bien al principio recordaba tres, ahora recuerdo muchas más, en alguna de las cuales me he sentido realmente mal,  no en esta primera ocasión.
Andaba yo, allá por el año 1980, ejerciendo de legionario por tierras africanas, cuando un capitán de la Legión pidió “voluntarios” para hacer mudanza, ya que se cambiaba de domicilio, de La Cañada de la Muerte al Real de Melilla, como nadie salió, a dedo nos eligió a cuatro que andábamos haciéndonos los despistados. Un andaluz, un vasco, un catalán y un castellano, o sea yo.

La experiencia no fue mala, primero comenzamos a empaquetar trastos, ante la atenta mirada de su bella esposa, sugerente bajo su vaporoso vestido, durante días aquella mujer fue sueño y deseo de nuestras célibes noches de legionarios ansiosos de hembra.

 Al medio día nos invitó a comer  en un restaurante, después de dos horas de descanso continuamos la faena, al terminar la tarde nos dio a cada uno una botella de Johnnie Walker, que nos alivió el frío durante las frías guardias de invierno.  Nos llamó la atención la generosidad de nuestro capitán, pero cogimos las botellas sin preguntarnos nada.

Unos días después, ese mismo capitán nos  llamó al vasco y a mí, porque le habíamos comentado que éramos albañiles y necesitaba hacer algunos arreglos en su nueva casa.  Antes pasamos por unas naves próximas a la cocina del acuartelamiento,  no sabíamos lo que había allí, era el almacén de la cocina, economato, cantina y puesto de oficiales, se daba la circunstancia que ese mes estaba de oficial de cocina el capitán de  Johnnie Walker.  Metió el coche dentro de la nave y abrió el capo, indicándonos que metiésemos un par de cajas de Johnnie Walker, un saco de arroz, una caja que ponía “Mina” y que resulto ser jamón cocido en latas pequeñas, también una caja con chocolatinas pequeñas de una marca argentina y otra de tabaco marca Camel, todo eso lo metimos en su coche y lo descargamos en su casa.
Ese ceremonial se repitió en tres ocasiones más, no siempre era lo mismo, lo único que se repetía era el   Johnnie Walker y el tabaco, y los regalos con los cuales compraba nuestro silencio, una botella de Johnnie Walker y un cartón de tabaco.  Aunque nos hubiese dado sobres con billetes de quinientas pesetas –euros no existían-  o  no nos hubiese dado nada habríamos callado igualmente, de haberlo denunciado,  nadie nos hubiese creído o mejor dicho, todos hubiesen mirado para otro lado, muchos oficiales terminaban su mes de cocina con coches nuevos,  nuestra obligación debería haber sido denunciar los hurtos masivos, fuimos cómplices de la corrupción amable de nuestro capitán, nos dejamos corromper por una botella de güisqui y un cartón de tabaco,  que por si fuese poco yo regalaba, porque no fumaba, también por la belleza de su mujer, que aunque solo fuese por verla cada vez que íbamos a su casa y disfrutar de su belleza, de la cercanía de su escote, de su perfume, tan distinto al que estábamos acostumbrados en el cuartel.  Su sonrisa mientras  nos sacaba para comer o merendar nos hacía soñar,  sentir envidia del capitán, no por el güisqui ni el tabaco, sino por yacer a su lado, solo por verla merecía la pena ser corrupto, su recuerdo llenaba nuestras fantasías nocturnas de pasión legionaria.

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