viernes, 17 de enero de 2014

Secretos de alcoba



Entre las obligaciones implícitas a las dignidades y cargos que ostentan, tienen los nobles, reyes y gobernantes, la de predicar con el ejemplo, un ejemplo que no tiene que  ser necesariamente bueno pues suelen ser los malos ejemplos los que cambian la Historia, provocan controversias, dan que hablar a las mayorías silenciosas, impulsan conspiraciones y generan una implicación crítica del pueblo en los asuntos de estado, sobre todo cuando se trata de asuntos de cama, de moral y de buenas costumbres, esas costumbres de las que los poderosos deberían ser paradigma y espejo a lo largo del camino. Cuando María Antonieta dijo que si el pueblo no podía comer pan que comiera pasteles, dio el primer paso hacia la guillotina.
Sin embargo los asuntos de cama gozan, sobre todo en los países latinos de la tolerancia y a veces del orgullo de los varones de las clases populares que se identifican con las presuntas proezas amatorias de sus mandatarios. Un  personaje como Berlusconi no habría tenido cabida en la política estadounidense donde la felación presidencial de una becaria hizo más daño a la reputación de Clinton que cualquier declaración de guerra o turbio asunto de espionaje que hubiera sucedido bajo su mandato. Incluso en USA se cuentan excepciones como la indulgencia concedida en su día al santo JFK, claro que con Marylin Monroe como hipotenusa del triángulo el tema se veía venir y se antojaba irresistible.
Volvamos los ojos a Francia donde la primera dama exaequa está internada en un hospital aquejada por un ataque de tristeza, según el portavoz del Elíseo, correveidile de la crisis sentimental. Sarkozy  creció varias tallas tras su matrimonio con Carla Bruni y hoy el 77% de los franceses siguen defendiendo que la vida privada no debe inmiscuirse en la vida política y pública. En España, tierra de innúmeros  bastardos  y de reyes tan católicos como rijosos el comportamiento promiscuo de la reina Isabel II fue motivo de escándalo, por ser mujer y receptáculo de la continuidad dinástica pero la conducta de algunos sus descendientes varones recibió la aprobación y la admiración de muchos de sus súbditos. Alfonso XIII, fanfarrón y putero mantuvo una excelente mala reputación sobre todo entre los madrileños, algunos ciudadanos noctámbulos se jactaban de haber compartido con Su Majestad noches de farra en tugurios y burdeles. En los primeros años de su reinado Juan Carlos I fue objeto y sujeto de leyendas urbanas y en los mentideros cortesanos se barajaban los nombres de sus presuntas amantes. Malas lenguas decían que esas leyendas salían del propio entorno de la Zarzuela, urdidas y difundidas por celosos propagandistas a sueldo para hacer más cercana la figura del nuevo rey y  su fidelidad a las tradiciones venéreas familiares. La irrupción de una supuesta princesa rubia y alemana en la vida del rey hubiera sellado su trayectoria extraconyugal con nota pero llegó tarde y en mal momento, ya no estaba la monarquía para muchas excursiones cinegéticas en sábanas o en sabanas. No volveré a hacerlo dijo Su Majestad y le creímos, no volverá a hacerlo porque no podrá volver a hacerlo, como dijo en su día Corinna zu Sayn-Wittgenstein. El rey es “un anciano caballero  que lucha contra su salud y que necesita toda la ayuda que pueda conseguir”. En eso estamos, pero no creo que la ayuda de Corinna pueda ir más allá que la que la becaria Lewinsky ofreció al presidente Clinton. En temas de negocios, el nombre del primer representante de la “Marca España” ha perdido el prestigio que hubiera podido tener antes de que los pelotazos de Urdangarin se colaran en el estrecho marco de su reputación de cristal, como su cadera.
Si la monarquía continúa algún día quizás veremos desaparecer de las fotos institucionales la figura del patriarca, el rey fantasma, elegido por un dictador y refrendado por amplias y temerosas mayorías que se conformaban con un mal menor.

Escrito por Moncho Alpuente

Fuente PÚBLICO

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