lunes, 6 de agosto de 2012

El viejo, el crio y el borrico, cuento manchego

Ir a la feria de Belmonte era algo bastante habitual entre las gentes de nuestro pueblo, la feria de Belmonte ha sido siempre muy importante, los campesinos de todos los pueblos acudían allí, a comprar ganado, carros y mil cosas o simplemente a ver una corrida de toros en la plaza.
Mi padre me trajo de ella mi primer triciclo, mi primer caballo de plástico, y fue en Belmonte donde compro la galera que teníamos, llegando a Pinarejo tan ilusionado como si se hubiese comprado un  Mercedes, recuerdo que entro en mi casa con una alegría impresionante..
-          Vicenta sal que mira que traigo.
Allí estaba la galera, mucho más grande que el carro, se ahorrarían muchos viajes para traer la mies, los hieros o la leña, cabía casi el doble que el viejo carro de varas, aunque se le pusiese meriñaque.
Viene esta pequeña explicación a cuento, precisamente por un cuento, mi padre era muy aficionado a contar cuentos, dichos y refranes, tenía en su repertorio, supongo que como todas las personas mayores de nuestra tierra, muchos que siempre eran diferentes o se mezclaban unos con otros en determinados momentos.  Por la edad que tenía yo al morir mi padre, aún no tenía los ocho años,  de ninguno me acuerdo bien pero de muchos queda como un rastro en mi mente, una nebulosa que en ocasiones aparece o desaparece, a su capricho.  Esa tradición la heredo con gran gracia mi hermana Felipa, que terminaría siendo la “hermosamia”, al casarse en segundas nupcias  con Isidro Jiménez, “Trequelates” de apodo familiar pero más conocido como “Hermosomío”,  al morir mi hermana muchas de esas historias que contaba mi padre, se perdieron para siempre.
Mi hermano Julián también, me contaba  algunos cuentos, había uno en especial que me entusiasmaba y que le obligaba a que me lo contase una y otra vez, pero ese lo dejare para otro momento, hoy comenzare por uno que me ha venido esta tarde a la cabeza mientras que echaba la siesta, y es que la almohada siempre ayuda a despejar la mente,  en un cuento clásico castellano, que todos habremos escuchado cientos de veces, no sé cómo me lo contaría mi padre pero yo me lo he imaginado así:

Un abuelo decidió  llevar a su nieto de diez años a la feria de Belmonte,  como iban los dos solos, decidieron irse con el borrico, no era cuestión de llevar dos mulas y un carro, al llegar a Villar de la Encina, por aligerar la carga al pobre animal, el viejo iba andando y el chiquillo subió en el borrico, se acercaron al pozo para dar de beber agua al pobre animal y escucharon cuchichear a los presentes.
-          Tendrá poca vergüenza el chiquillo, con tos los hijos dentro del cuerpo y montaó en el borrico, mientras que el pobre viejo,      que tendrá las piernas desechas por la artrosis, andando. El mundo está perdió, ya no se respetan las canas, un par de guantazos es lo que necesita el criajo ese…
El abuelo, que se encontraba cansado pensò que el comentario era razonable, asì que bajó al chiquillo del borrico  y se subió él. Entrando en Villaescusa  de Haro  se cruzaron   con una pareja de muleros que regresaban de Belmonte, después de haber vendido y comprado mulas en la feria.  Como es habitual en La Mancha, al cruzarse con ellos se saludaron, a pesar de no conocerse.
-          Vaya con Dios, hermano, ¿va cómodo usted? 
-          No voy mal, esa es la verdad.- Respondió el abuelo.
-          Pues nada, a la feria…
Apenas se alejaron de ellos unos pasos, el abuelo escucho de nuevo cuchicheos entre los muleros.
-          Mira el sinvergüenza del viejo, con lo fuerte que parece y llevar a la criatura andando, con lo delgaducho que esta, pobrecillo, ¿qué pensaría la madre si lo viese?- dijo uno.
-          Como si no pudiesen ir montados los dos en el borrico.

El abuelo se dio cuenta de que en efecto, el borrico podría bien aguantar el peso de los dos, miro a su nieto y vio que el pobre se veía fatigado por el cansancio y el calor, así que continuaron hasta Belmonte, los dos subidos en el borrico.   A una legua de Belmonte  se cruzaron con unos cabreros que habían parado a la sombra de uno pinos que junto al camino para ordeñar a las cabras, a quienes también saludaron.   Les echaron el alto y se acercaron con un cubo que tenía un poco de leche y se la acercaron a borrico.
-          Pobre animal, ¿nos les da vergüenza? Los dos subidos en el borrico, con la calina que está cayendo, pobre animal, lo van a reventar, esto solo pasa en España, no hay miramiento por los pobres animales…
El borrico se tomó la leche, ante la envidia del chiquillo, el nieto y el abuelo, avergonzados, bajaron  del borrico y continuaron los tres  andando hasta Belmonte, uno al lado del otro. Entrando en Belmonte se encontraron con unos Pinarejeros que volvían de regreso, también se pararon a saludarlos, hablaron de la feria y de lo que en ella había y al despedirse , el abuelo y el nieto escucharon de nuevo cuchicheos.
-          Siempre he dicho que a Zacarias le faltaba un verano, y eso que tiene muchos, será corto, que vienen andando desde el pueblo, teniendo un borrico al que subir.- Dijo uno.
-          Desde luego, con lo viejo que está, si por lo menos subiese él, el chiquillo al fin y al cabo tiene buenas piernas.- Respondió otro.
-          Para eso que suba el chiquillo, que está en los huesecitos, pobrecico mío.  Sentencio un tercero.
-          Como si no pudiesen ir los dos montados.- Añadió un cuarto.
-          Pobre animal, mejor que vayan andando. – Agrego el quinto.

Moraleja: Nunca pretendamos complacer a todos, siempre habrá quien nos critique cuando hayamos decidido hacer algo de algún modo o forma, si vamos modificando nuestras decisiones siguiendo la opinión de cada uno, no llegaremos a ninguna parte, ni a la feria de Belmonte ni a la de Albacete. No cometamos los errores de los demás, somos autosuficientes para saber cometer los propios.


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