jueves, 2 de agosto de 2012

HOMENAJE A LA ESCUELA RURAL / A DOÑA MARUJA, DOÑA PÍA Y DON JOSÉ



Paco Arenas con 6 años


Hace unos meses en el foro ciudad de Pinarejo, quise rendir homenaje a lo que fue nuestro pueblo, reservando un apartado para mi primera maestra, aquella que me enseñó a leer a escribir  a escuchar cuentos, me consta que también intento  enseñarme las cuatro reglas, pero mi cabeza nunca se ha llevado bien con los números, más puesta en fantasías varias, de esas que dicen que vuelan pájaros dentro de la cabeza, aun así termine asimilándolos más por tozudez que por devoción.
En Pinarejo, cuando yo corría por sus calles, había dos escuelas, la de párvulos, que estaba en la subida a la Iglesia, a espaldas de la calle Melgarejo, y la de los mayores separadas en chicos, a cargo de don José y la de las chicas a cargo de su esposa doña Pía, porque entonces los maestros se les anteponía el don delante del nombre y se les trataba con todo respeto, ahora hay más cercanía y menos respeto, lo primero es positivo, lo segundo no tanto pues si hay alguien a quien se les debe guardar respeto es a aquellas personas que te enseñan en cierto modo y con la colaboración de tus padres a ser persona.
Con Don José apenas fui algún mes suelto, cuando por circunstancias varias pasaba por el pueblo algunas semanas, por ejemplo que mi madre tenía que hacer la “matazón”, pues a principios de diciembre dejábamos la isla(Ibiza) y mi madre a hacer la matanza, chorizos, morcillas, brazuelos, perniles y traca(güeña) bien picante.  Pues esas tres semanas iba a la escuela de Pinarejo con don José, sin pegas ningunas, bueno yo si las tenía, pero  no me quedaba más remedio que aguantar, eso sí con un leño para alimentar la estufa de la escuela, quien no lo llevase no pasaba, también recuerdo en aquellos años del tardo franquismo que por las mañanas hacíamos cola para que nos diesen una taza de leche en polvo primero, y más tarde un botellín.  De doña Pía, apenas tengo un muy vago recuerdo.
Antigua escuela de mayores
 En Pinarejo estábamos hasta el día de reyes que volvíamos, o al menos yo, volvía a Ibiza, a comenzar la escuela. Pero antes de que esto pasase, yo también fui chiquillo en Pinarejo:

Recuerdo aquellos días de invierno,  que por las calles, entonces embarradas o llenas de polvo y piedras y en algunas ocasiones de nieve, subía corriendo o a regañadientes por la calle Divina Pastora, camino de la escuela, a veces me acompañaba algún vecino, Jesús, Félix, a veces iba solo con mi perro “Manolo”, que desde la puerta se volvía. Iba con una cartera hecha por mi madre de pana, que le habría sobrado, tal vez, de hacerle unos pantalones a mi padre, la cartera pesaba poco, nada tenía que ver con estás mochilas “quiebra-espaldas” de ahora, llevábamos "el parvulito", una libreta, un sacapuntas, un lapicero y una goma, más tarde recuerdo que tuve otra de “material”. Llegando a la esquina de la calle El Tesillo, ya íbamos un buen grupo de chiquillos, en aquellos tiempos Pinarejo era un hervidero de críos, recuerdo a Emilio, a Felipe, Jesús, Félix, Los dos José Luis, Andrés, entre otros.

En la escuela, ya nos esperaba Doña Maruja, nuestra maestra, a cada uno nos dedicaba su tiempo, yo tenía verdadero terror los días que tocaban “cuentas”, nunca se me dieron bien las matemáticas y un día ocurrió algo provocado por dicha incapacidad mía para los números.
Después del recreo tocaban cuentas, supongo que restas, pues las sumas me resultaban fáciles, un amigo y yo, no recuerdo a ciencia cierta quien, nos escapamos y nos escondimos entre puerta y puerta ¿pórtico? De la iglesia en silencio y muertos de miedo, intentando escaquearnos de las “cuentas” allí estuvimos hasta que doña Maruja preocupada, se le ocurrió mirar en dicho lugar, no recuerdo si hubo castigo o no, creo que no, pero si lo hubo hubiese sido merecido.
Otro día llego un “retratista” (fotógrafo) y nos “retrataron” a todos, para que pareciésemos mayores, nos dejaban un libro de lengua castellana, con la efigie de Don Quijote. Esa foto la conservo, de aquel día recuerdo que el retratista, que a todos les decía que sonriesen, a mí me dijo:
-Tú mejor cierra la boca.
Me faltaban las dos palas.
Otro día al salir de la escuela, una mujer comento a otra que había llegado a La Carrera una mujer “guiando” un coche, respondiendo la otra negativamente, esa circunstancia no se podía dar porque las mujeres no sabían “guiar” coches, lo cierto es que fuimos muchos los chiquillos que salimos corriendo a La Carrera a ver esa mujer que había llegado conduciendo un coche, pero llegamos tarde y ya no había ni mujer ni coche, pero sí gente comentándolo.
De Doña Maruja mantengo un recuerdo entrañable, su enorme paciencia, pero lo que más recuerdo era los cuentos que nos tenían embelesados, en cierta ocasión nos contó uno que me impresiono mucho, recuerdo que durante mucho tiempo me mantuvo un poco aterrorizado, y es que los cuentos infantiles son relatos que pueden ser  terroríficos,  no recuerdo  de que cuento se trataba, pero creo que podría ser “Gansel Y Gretel”, o Pulgarcito, o caperucita roja, no lo sé pero…
Me enseñó a leer e intento enseñarme las cuatro reglas, despertó  en mi mente infantil curiosidad por la lectura, después de escucharla leernos o contarnos un cuento, me iba con un amigo, que se llama Jesús, no recuerdo su apellido, que vivía en la calle de la Veguilla, justo donde está ahora el supermercado de Francisco Culebras, nos subíamos a la cámara e intentábamos leer o al menos ver los “santos”, de un libro que tenia de su abuelo, entonces teníamos siete años.  Más tarde esa experiencia la repetía en casa del Correo, cada vez que iba al pueblo, siendo crio, buscaba a mi buen amigo Isidoro y me dejaba sus “aguiluchos”, que devoraba con pasión.

 Creo que mi afición a la lectura, se la debo en cierta medida o en gran medida a los cuentos que nos contaba doña Maruja, que como he dicho, me enseñó a leer, a escribir e intento enseñarme las cuatro reglas.
Mi agradecimiento sincero.

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