lunes, 17 de diciembre de 2012

Sueños de una noche de fiebre el día de mi cumpleaños



Pinarejo con salida al mar

En el día de mi cumpleaños, he andado con estas fiebres  que provoca las alteraciones de temperaturas. Una vez más he comprobado que por las noches también sueño, siempre he dormido muy poco, pero a destajo, cinco o seis horas me bastan y sobran para despertar con ansias renovadas de vivir y tirar para adelante, así que al dormir a destajo, aunque sueñe, nunca recuerdo lo soñado por la noche, sin embargo las cortas siestas de media hora, me dan para mucho.   
No recuerdo si hacía frío o calor, no habría cumplido aún los cinco años, estaba junto a mi madre al lado de la lumbre, ella a ratos sentada cosiendo, a ratos se levantaba para remover el puchero lo que al amor de las ascuas se iba cociendo, ahora cogiendo las tenazas para colocar las trébedes y sobre las mismas la sartén para a continuación a fuego lento se preparar un excelente pisto manchego con costillas adobadas de gorrino (los cerdos suelen tener dos patas en Pinarejo) está ya atardeciendo, la radio habla de amores y desengaños, “Los Consultorios de Elena Francis” la sintonía del programa lo inunda todo, “Indian Summer” da tranquilidad en el ya muy tranquilo Pinarejo de los sesenta , mi madre menea la cabeza, “que tonterías que preguntan”, pero seguía escuchando sin abandonar sus labores, yo tal vez garabateaba algo en la libreta de la escuela o jugaba con cualquier cosa, de repente comenzaba a escuchar el tintineo de unos campanillos, de los que llevaban las mulas colgadas  en el cabezal, me quedo quieto, mi madre me mira, “¿es padre?”, “no, no es padre” contesto y sigo jugando, o pintando, no lo sé bien, de pronto suelto todo y salgo corriendo en dirección de la puerta, mi padre todavía no ha comenzado a subir la cuesta de la Divina Pastora, pero yo ya escucho los campanillos de sus mulas, reconocibles para mí entre todos los que al caer la tarde subían la empinada cuesta de la Divina Pastora, salgo corriendo y me encuentro con mi padre en la puerta de “los Caballitos” me tiro a él que me recibe con sus fuertes brazos de campesino y le como a besos, cuando llevo unos cuantos dejo de darle, “pincha usted, usted pincha”, entonces él me aúpa sobre la mula “Cordobesa” , mucho más dócil que el macho “Sacristán” , juntos subimos la cuesta el sujetando las riendas y riendo, se acaricia la barbilla, “sí, me tengo que afeitar”, llegamos al mirador de la Divina Pastora, me descabalga y comienza a desuncir las mulas, yo le miró fijamente, “¿no me ha traído usted na?, se ríe, me da la vuelta a la campana y se vuelve a reír, “no pesas na, anda mira en las aguaderas”, en las aguaderas apenas hay una bota de vino y una fiambrera, la abro y allí están las cortezas del tocino que se ha llevado mi padre al campo, su boca prematuramente desdentada no puede comerlas y siempre me las trae del campo y yo las devoro como si fuese el manjar más exquisito, allí mismo en la calle, con mi perro Manolo saltando intentando conseguir su parte, termino subiéndome al carro del cual mi padre ya ha liberado a la yunta…

El sonido del teléfono móvil reclamando la carga de la batería me despierta, podría apagarlo , pero lo dejo, no vaya a ser que después de dormir mal, me quede dormido a la hora de ir a trabajar.

Me veo subiendo por la calle del Progreso de Sant Antoni,a mis ocho años estaba ya obsesionado con la lectura de tebeos, pero sin dinero para comprarlos,  me paro ante la librería que hay a mitad de la calle, hay una estanteria en la calle donde se encuentran los tebeos, comienzo a leer las primeras páginas de Zipi y Zape, Mortadelo y Filemon, Rompetechos… Las dependientas me miran y sonríen, me siento animado y me atrevo a coger uno y comienzo su lectura de páginas interiores, al momento la encargada está allí a mi lado, “si los lees antes de comprarlo, no lo compraras”, avergonzado y notando como me arden las mejillas, me acerco al mostrador y saco de mi bolsillo las seis pesetas depositándolas sobre el mostrador, seis pesetas que dedico todas las semanas para comprar un tebeo, y que me dan hermanos y cuñados, sobrándome siempre una peseta que introduzco en la hucha para cuando llegue a tener ocho duros poder comprarme un libro de aventuras de editorial Bruguera, el próximo lo tengo decidido, “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, pago las seis pesetas y cuando voy a salir de la librería la encargada se mete para la trastienda, creo adivinar que le hace un guiño a una de las dependientas, la cual me dice: “ahora que no está la encargada puedes seguir leyendo otro tebeo, pero atento que no te vea”, nervioso, agarro otro tebeo mirando alternativamente las viñetas y la puerta de la trastienda…

  
Nuevamente el sonido del teléfono móvil reclama la recarga de la batería, suelto un suspiro a modo de fastidio, alargo la mano hacia la mesita de noche, pero el móvil no está en la misma, no me apetece levantarme a pararlo, tras percatarme que era domingo y no debía ir a trabajar, me doy media vuelta…
El barco se mueve mucho, tengo miedo, hay tormenta y el “Ciudad de Alicante”    se mece violentamente sobre las olas, la gente vomitando, bautizando a las olas, yo abrazado a mi madre, la costa se ve cerca, pero la violencia de la tormenta es tal que las ocho horas del trayecto se han convertido ya en trece, todo el mundo está asustado, yo quiero fingir valentía, enfrente mía hay dos chiquillas que conozco, tan asustadas como yo, pero disimulando al igual que yo…
 A lo lejos veo el faro de Sant Antoni, la playa del Arenal y curiosamente no veo hoteles, veo la torre de la iglesia de Pinarejo, la silueta de Pinarejo recortada junto al mar...
La batería del móvil da su último aviso, miro el despertador son las ocho de la mañana, estoy empapado en sudor, supongo que he tenido fiebre, pero yo me encuentro muy bien, me levanto contento de recordar lo soñado que a  su vez son sueños recordados.                                                                                         

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