lunes, 24 de diciembre de 2012

El niño Jesús desahuciado. ¿ un cuento de Navidad o…una triste realidad?





El niño Jesús desahuciado. ¿ un cuento de Navidad o…una triste realidad?
Cuentan que hace mucho tiempo, o tal vez tal vez hace unos segundos, un joven carpintero de nombre José, junto con María, su joven esposa.  Tuvieron la osadía de pedir un préstamo a los usureros prestamistas en  su lejana tierra,  para comprarse una casa junto a la carpintería, donde José  trabajaba de manera magistral, tanto la madera de cedro libanes, la haya germánica, e,  incluso olivo de la lejana Hispania. 
La joven pareja contaba con la habilidad de las manos de José y el buen hacer de María. La carpintería no funcionaba mal, y, María sabía aprovechar hábilmente hasta el último denario o tal vez céntimo de euro.   El usurero, como todos los usureros y prestamistas, vivía de prestar un denario y recibir dos,  que en la antigua Roma, era un modo legal de robar. Por desgracia, del mismo modo que los países de la Tierra, adaptaron el derecho romano a sus legislaciones, los usureros y banqueros de todos los países hicieron lo propio.


Por entonces, como ahora, los usureros, ladrones, estaban protegidos  por las  legiones romanas, o tal vez de germanas del IVº Reich  o quizás de la pérfida Albión, o por policías y leyes del corrupto Reino de España.  Entonces como ahora, diseñaron un plan perfecto para fomentar el latrocinio, con la complicidad de los traidores gobernantes de Judea, Roma e incluso Hispania, que recibían suculentas comisiones de una parte de lo robado.     Crearon un sistema de desarrollo artificial, al que no sé cómo llamarón, pero que muchos años después le llamaron en Hispania “burbuja inmobiliaria o del ladrillo”.
 A Judea, a Roma y también a Hispania llegaron personas con ganas de trabajar, incluso de allende de las fronteras del Imperio,   incluidos africanos de más al sur de Abisinia. Estos últimos a trabajar sin papeles que le permitiesen la residencia, pero como todos,  contribuían con su trabajo al crecimiento y grandeza de Roma, Judea e incluso Hispania. 

La construcción de casas estaba en plena expansión, con lo cual el precio rápidamente se multiplicaba, y la casa que costaba diez denarios, a los pocos días podía a llega a tasarse en  quince o veinte denarios. Por tanto, el usurero, como codicioso que era,  no solo daba gustoso el préstamo para la casa al pobre carpintero, sino que le dio para que comprase un borrico y así poder transportar mejor su mercancía.   Sabiendo el usurero que el carpintero tal vez no sería capaz de afrontar el préstamo.  Si así ocurría, las leyes de Judea, de Roma o de Hispania, permitían, que el usurero recobrase la casa y el borrico, para poder venderlo por un precio superior. Que el carpintero perdiese casa y borrico no lo eximía al carpintero de la deuda.
 El pobre José agradecido no desconfió de la picaresca del astuto usurero, y enamorado que andaba de María, y firmó la estafa que el usurero le ofrecía, sin leer la letra pequeña, pues su oficio era trabajar, del mismo modo que la del usurero era robar.

Como ya he dicho, José andaba muy enamorado y medio ennoviado con la bella María. Ya con casa, entusiasmado, le propuso irse a vivir juntos, María que quería mucho a José no se hizo de rogar y pronto comenzaron a vivir en su nido de amor.  Entre roce y roce, caricias y mucho amor, María terminó embarazada, a pesar de su aspecto inocente y virginal.    Eran muy felices, soñaban que su hijo sería muy inteligente y marcharía a Atenas a estudiar filosofía y así liberar al pueblo judío, abisinio o hispano del yugo del imperialismo romano, germánico o ¿americano? (desliz del subconsciente).

 Pronto llegaron los contratiempos, los grandes mercaderes y usureros, habían construido más casas de la cuenta.  Ante el exceso de las mismas, perdieron su valor. ¿Que idearon? Bonos basura, que a su vez mediante engaños ofrecieron a José y a otros muchos, como haciéndoles un favor, prometiéndole que por dejarles administrad los pocos ahorros que disponían le darían un interés preferente muy alto, con lo cual le harían participes a ellos también de sus ganancias, dinero que podrían disponer de el en el momento necesitasen.   Era como si los prestatarios se convirtiesen en prestamistas de los usureros.   José que era confiado, y, sabía de su trabajo y poco o nada de negocios, se fio  del usurero.  Al poco tiempo ante la saturación del mercado, se dejó de construir, la carpintería tuvo bastante menos faena y a José, el usurero le embargo la carpintería, quedándose sin trabajo y sin poder hacer frente a los pagos del préstamo.
Entonces, intento echar mano de sus   ahorros, invertidos en bonos.  Se encaminó a la casa del usurero para recuperar su dinero, y con él pagar la hipoteca.  Allí se encontró con una sorpresa, el usurero le dijo que había invertido los ahorros de José en operaciones que no habían dado el resultado esperado, por lo cual por orden del rey Herodes, no se le podían devolver el dinero a José ni a todos los estafados por los bonos preferentes. En realidad era una estafa programada por el rey de Judea, Germanía, Roma o Hispania, todos en conveniencia con los estafadores, que a pesar de ser ladrones no iban a la cárcel, porque estaban aforados y protegidos por las leyes.   Era prioritario, más que devolver el dinero a quienes habían confiado en los usureros, que el rey y sus ladrones,  pudiesen vivir a cuerpo de rey, e, incluso poder ir a cazar elefantes a las selvas africanas.
Todo ello, no eximia a José de pagar la deuda que tenía con el usurero, si no pagaba, le quitarían la casa.  Para ello recurrían los ladrones y gobernantes de Judea, recurrían  a los sicarios del rey, pues la ley monárquica de Herodes y la imperial de Roma y la consular de la colonia de Hispania,  les amparaba.  Así que José fue a presentar una denuncia, pensando que la justicia le ampararía, al llevar razón, ya que el usurero estaba dispuesto a echarle de su casa, a pesar de que ese mismo usurero se negaba a devolverle los ahorros con los cuales fácilmente podría saldar la deuda.    Por si fuese poco, aunque el usurero se quedase con su casa, José continuaría teniendo la deuda con el mismo, y es que las leyes en Judea, Roma o Hispania las hacen los poderosos en contra de los débiles desde el principio de los tiempos.

Al presentarse José y María ante el palacio de justicia, le exigieron los guardias y escribanos una cuantiosa cantidad en concepto de tasa judicial, (para no saturar la administración de justicia, decían, en realidad para que los débiles no pudiesen defenderse de los abusos de los poderos). Como José no disponía de dicha cantidad, no pudieron presentar la denuncia y sin miramientos los sicarios del rey, mandados por el pretor romano Marianuss Rajoyiis Tiranicus, expulsaron a María y José a palos de su humilde morada. Todo ello, a pesar del avanzado estado de gestación de María y las protestas solidarias de los vecinos, los cuales a su vez fueron multados por solidarizarse e insultar a los sicarios, por lo cual también perdieron sus casas.

Por suerte para la joven pareja ni los sicarios, ni el malvado y cínico Marianuss Rajoyiis Tiranicus, el cual les había prometido un año antes ayuda, si le votaban como jefe de la guardia pretoriana. Con María montada en su borrico, esperanzados en que los sacerdotes le pudiesen ayudar, y sabiendo que prometían amor y justicia divina, se encaminaron a Jerusalén, Roma o ¿Madrid? antes de llegar, en Belem, María se dio cuenta que con el traqueteo del borrico, posiblemente no llegaría al final del trayecto, así que pararon a descansar en aquel lugar.  Belem se encontraba en plenas fiestas de Pascua, fiestas que dicen que son de amor y solidaridad entre las personas, sin embargo no les  abrieron ninguna puerta, para María pudiese dar a luz.  Fueron al hospital de la ciudad, pero había sido privatizado y si no tenían para pagar no les atendían.   Casualmente en una casa muy pequeña y pobre le ofrecieron cobijo, pero como eran muchos los desahuciados que habían acogido, a ellos les toco dormir en la cuadra, que compartirían con un buey y una mula. En la cueva hacía mucho frío; pero gracias al calor de los tranquilos animales sintieron una calidez casi humana.

La casa en cuestión también tenía una orden de desahucio, pues había sido ocupada ilegalmente por varias familias, al encontrarse abandonada y casi en ruina.  La arreglaron la restauraron y se metieron en ella, y a esa casa le llamaron Villa Utopía.  Cuando el Marianuss Rajoyiis Tiranicus, se dio cuenta, aquella misma noche mandó a los sicarios del rey a desahuciar las distintas familias que habitaban la casa.   Cuando llegaron al pesebre, viendo que María estaba de parto, se contuvieron y fueron a pedirle permiso al sumo sacerdote, el cual les dio la orden que les dejasen pernotar aquella noche pero nada más.  “Como son pobres lo mismo se llevan la mula y el buey”, pensó, el sumo sacerdote hebreo. Para evitar que José y María pudiesen verse tentados a llevarse la mula y el buey, pensando el ladrón, que todos eran de su condición, ordenó llevarse ambos animales del pesebre, a sus cuadras de palacio, de dónde nunca más regresaron a su dueño.   Por lo que el pobre José, la pobre María y el niño que llegó al mundo al calor de ambos animales, se quedaron en el pesebre, privados del tan necesario calor animal.


Al día siguiente la joven pareja —con María y el niño montados en el borrico y José tirando del ramal —marcharon camino de Roma, Germania o ¿Canadá? Para así poder trabajar.    Suerte tuvieron, porque el rey Herodes, que había matado un elefante por capricho, andaba disgustado, porque siendo un viejo verde se había marchado con la bella y joven Salome sin poder consumar el acto, porque no se le empinaba.  La vejez y alguna copa demás le habían provocado un accidente a altas horas de la madrugada, rompiéndose la cadera.
Herodes prometió no volver a hacerlo más.   El chamán/rabino, le dijo que no tenía el por qué pedir disculpas porque la culpa la tenía el espíritu del elefante muerto, que se había reencarnado en uno de los niños nacido en Belem, el cual terminaría destronándolo.   Escuchado esto, Herodes. Ordenó a Marianuss Rajoyiis Tiranicus y a sus sicarios que cogiesen todos los niños menores de dos años, nacidos en Belem y los matasen.



Hubo tres magos que supieron por medio de sus dotes adivinatorias lo que iba a ocurrir, pero se equivocaron de camino y en lugar de llegar a Belem, se presentaron en una playa de Gades. Otros dicen que se pasaron antes por Pinarejo a comerse unos buenos mantecados con aguardiente.    Cuando ya llegaron a Belem, el niño Jesús, en los brazos de su madre, montados en el borrico y con padre tirando del ramal ya se habían marchado lejos de Judea, Roma o Hispania, a buscar una oportunidad laboral…



 Y es que no hemos cambiado tanto, si nos dan a elegir, todavía preferimos  a ladrones.

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