viernes, 6 de septiembre de 2013

Fermín Arenas, mi padre. 46 aniversario de su muerte


Son muchas las ocasiones que he intentado escribir sobre aquellos días, siempre me he encontrado con la misma resistencia mental, como si una fuerza me impidiese escribir o recordar aquellos días tan tristes para mí y que tanto influyeron no solo en mi niñez sino también en mi desarrollo personal posterior.   Quienes han crecido con la presencia paterna y materna, jamás podrán llegar a comprender lo que significa y marca la ausencia de cualquiera de sus progenitores, más si dicha ausencia ha sido provocada por un hecho trágico.


Resultaba habitual que durante los meses de verano acompañase a mis padres al campo, todavía dormido me subían en el carro o la galera y medio sonámbulo  veía entre los varales de la galera correr los árboles, al menos esa era la sensación que sentía. Llegaba todavía adormiscado permaneciendo un buen rato en la galera mientras mis padres comenzaban a arrancar los frutos  de la cicatera tierra seca de La Mancha que no da frutos como no sea a cambio de la sangre y el sacrificio de sus agricultores. Aquel nefasto día de agosto  no acompañe a mis padres, los yeros ya estaban cogidos, solo necesitaban acarrearlos, siendo todo el espacio en la galera necesario, así que me dejaron al cuidado de mi hermana Felipa, a un mes para dar a luz.


Aquel día del mes de agosto a media mañana un viento de solano se paseaba arrasando el sur de Castilla. Los suspirones de las cuevas de champiñón tapados con telas de nylon de color verde se alineaban a ambos lados del camino, clavadas sobre maderas,  una de esas telas, no conveniente sujeta fue arrancada por aquel maldito viento de solano,  escapando planeando en dirección a las mulas que tiraban de la galera cargada de yeros, los animales asustados se espantaron provocando  el vuelco de la galera. Mi madre quedo atrapada entre el pescante y la mula “Cordobesa” que en su intento por escapar de la situación coceaba a mi madre sin piedad, dejándola maltrecha, como muerta, mi padre aterrorizado, como pudo le  auxilio, salvándola de una muerte segura, pero que gracias a la determinación de mi padre vivió muchos años más.   Él apenas sufrió unos rasguños en uno de los codos, en teoría estaba bien y continúo la dura tarea, él sólo sin la ayuda de mi madre, postrada en la cama.  No había terminado de recuperarse mi madre cuando mi padre comenzó a encontrarse muy mal.  Se lo llevaron a Cuenca y de allí volvió muerto un triste 6 de septiembre que no olvidaré nunca.


Recuerdo la noticia aun con rabia, fue dura la forma de enterarme, muy dura, por la muerte de mi padre y por el modo de comunicármelo, es la primera vez que cuento esto, durante mucho tiempo sentí la culpabilidad en mi cerebro infantil, me costó asimilar y comprender que no estuvo en mi la falta sino en el aquel hombre insensible.  
Estaba jugando con otros críos, en un patio que tenía un pozo y una  higuera que daba sabrosos higos blancos y que en aquellas fechas los críos comenzábamos a hojear sin dar mucha opción a los mayores de probarlos hasta que hubiese muchos, lo cual como era natural no agradaba mucho a su dueño, además posiblemente jugábamos armando escándalo, carreras, risas y voces, cuando llego aquel hombre y tras regañarnos a todos por el jaleo de repente se encaró conmigo, me miró fijamente y sin misericordia me espeto:

-          Tú más vale que vayas a velar a tu padre en lugar de andar armando jaleo…Con tu padre muerto y tú aquí...

     Creo recordar que salí corriendo hacía mi casa, en la puerta en la esquina de Volazo me impidieron el paso unas mujeres consternadas por lo sucedido, no recuerdo quienes eran, solo recuerdo que intentaron consolarme sin conseguirlo, subí corriendo por las escaleras que llevaban hasta el mirador de  la Divina Pastora –  escaleras que había hecho mi padre a pico y pala- llegue a tiempo de ver aquel coche gris que había traído a mi padre desde Cuenca.  Cuando ya pude verle, estaba amortajado para el velatorio. Recuerdo a mi madre llorando, no recuerdo a nadie más, y a mi padre, allí de cuerpo presente, frío y serio, nunca fue lo uno ni lo otro, siempre fue una persona muy cariñosa y sonriente, hasta cuando tenía el cigarrillo entre los labios.   Mi madre me abrazo entre sollozos y me dijo que le diese un beso a mi padre para despedirme de él, se lo di y nada recuerdo aparte de que no quería ni quise comer aquel día.

Más tarde, ya por la noche recuerdo que me llevaron a dormir a casa de la Puri,  – prima hermana de mi madre, como una hermana -  no a su casa, sino a la central telefónica de la calle Melgarejo, que regentaba y donde vivía con sus hijos, se las vieron y se las desearon con tal de que cenase algo, al final con mucha paciencia, recuerdo que me convencieron para que cenase una sardina salada y creo que un huevo frito.  Aquella noche no dormí o al menos tuve esa sensación, a la mañana siguiente la preocupación era la tardanza de mis hermanos que se encontraban en Ibiza y hubieron de hacer un auténtico periplo para llegar a tiempo del entierro, no había billete de avión ni para Valencia, Madrid o Barcelona, hubieron de ir a Mallorca para de allí volar hasta Valencia. 

    Nunca supe realmente a que fue debida la muerte de mi padre, sé que pasaron 16 días desde el accidente, siempre se me dijo que había sido a consecuencia del susto al pensar que mi madre estaba muerta, volviéndosele la sangre agua, posiblemente se trató de leucemia.

 El entierro fue por la tarde, todo el recorrido fue acompañado por una increíble tormenta de verano con       rayos, truenos y relámpagos. De lo que ocurrió después tan solo recuerdo el nacimiento de mi sobrino          en el mismo día y mes en que seis años después moría en Santiago de Chile el gran poeta Pablo Neruda.

Con la muerte de mi padre, desaparecieron muchas cosas que habían sido importantes para mí, y que aún hoy continúan siéndolo, su muerte me marco tanto que conservo más recuerdos de los pocos años que viví junto a él que de los siguientes cuatro o cinco años, durante los cuales recuerdo la gran envidia que sentía de otros críos cuando los veía pasear o jugar con sus padres y todavía hoy sueño con su presencia y sería capaz de reconocer su voz, sintiéndome orgulloso de ser hijo de Fermín Arenas, un campesino castellano que soñaba con un futuro de libertad.

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