sábado, 21 de septiembre de 2013

Y yo que no quiero que se muera el rey…


En principio nunca he deseado ni deseo la muerte de nadie, vamos a ver, no es que de repente me haya vuelto monárquico, como decía mi madre, tendrían que fundirme de nuevo, para que mis pensamientos sobre una de las dos instituciones más anacrónicas y malignas para España cambiasen.  Tampoco es que me den pena los achaques del longevo heredero del anciano genocida, me duelen más los de aquellas mayores a los que les han recortado la jubilación, les obligan al repago de los medicamentos  y apenas les llega para sobrevivir con una mísera pensión que por si fuese comparten con sus familiares en paro.

Tengo claro, que el Borbón  una grandísima carga para España, un inútil lujo que no podemos ni debemos permitirnos, pero si se muere o abdica,  se agravará la enfermedad de España, si en lugar de recuperar los ciudadanos la soberanía arrebatada por el golpe de Estado del 36, si en lugar de salir los ciudadanos a las calles a gritar: “¡El rey ha muerto, Viva la República! Se escucha en los medios de manipulación masiva esa famosa frase de:” ¡El rey ha muerto, viva el rey! No habremos conseguido nada, es tal el poder de los medios y la claudicación vergonzante de una gran masa de españoles que no reaccionan ante el saqueo que estamos sufriendo, que lo único seguro será perpetuar el cáncer en la figura estirada de un Felipe VI que ya ha demostrado en múltiples ocasiones su calidad humana y su desprecio e indiferencia por el sufrimiento del pueblo y como todos los borbones, amante del lujo y el derroche.

La monarquía en general es la fuerza que con mayor empeño está luchando por la República, siendo el rey quien más empeño muestra, más incluso que su yerno, es hora de ir sacando los trapos sucios de la putrefacta monarquía franquista al tiempo que se trabaja de manera activa por la unión de todas las fuerzas republicanas, no se trata de sustituir un rey por otro, ni una monarquía por una república sin más, se trata de lograr la República no solo como forma de Estado, sino como sentimiento ético y moral de servicio al pueblo y eso solo lo lograremos si disponemos del tiempo necesario o salta la chispa aletargada bajo  la epidermis de España.
Esperemos que cuando llegué el día del fallecimiento del Borbón, en todas las ciudades y pueblos de España se grite con alegría e ilusión:


¡El Rey ha muerto…Viva la República!  

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