domingo, 8 de junio de 2014

Valle-Inclán: Una sonata republicana


Escrito por  Arturo del Villar 
El 5 de enero de 1936, hace 78 años, falleció don Ramón María del Valle-Inclán, fiel hasta el último suspiro a sus ideales laicistas y republicanos. Unos días antes un sacerdote catolicorromano había pretendido someterle a tres de sus rituales, la confesión, la comunión y la extremaunción, pero Valle le replicó con su ceceo y su gracejo característicos: "Oiga uzté, padre: Dioz y yo noz hemoz llevado ziempre muy bien. No vayamoz a eztropear eza buena relazión a última hora." De modo que la descripción que él hizo del marqués de Bradomín, y que a menudo se le aplica a él mismo, según la cual era "Feo, católico y sentimental", es errónea, al menos por lo que se refiere al sentimiento religioso. Los curas y frailes que introdujo en sus escritos suelen ser personajes abyectos o ridículos, siempre fanáticos e incultos.

   Xavier de Bradomín apareció en 1902 como protagonista de sus presuntas memorias, en la Sonata de otoño, y tres años después se le vio en la de invierno como uno de los cortesanos cercanos al pretendiente Carlos de Borbón en Estella. Por identificar al personaje literario con la figura del escritor, se da por seguro que Valle era carlista. No obstante, el retrato de la supuesta corte incide sobre todo en el golferío y la ridiculez, cosa imposible de aceptar en un partidario de la causa carlista.

Contribuye también a esa idea el que dedicase tres de sus novelas primerizas a historiar la guerra carlista, Los cruzados de la causa en 1908, y El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño en 1909. Pero el protagonista de esta última es el cura trabucaire Manuel Santa Cruz, guerrillero carlista brutal y criminal, un antihéroe con todos los elementos negativos para hacer odiosa la causa carlista.
   A Valle le interesó el carlismo en sus inicios como escritor, por ser un tema literario con incidencia en la historia de España, sin que ello implique ninguna adhesión personal a la causa. Nacido el 28 de octubre de 1866, cuando se desmoronaba el reinado de Isabel II, conoció desde su juventud el tradicionalismo galleguista, ajeno al llevado como bandera por el carlismo. Según declaró él mismo, en esos años era partidario de un federalismo que protegiese las particularidades regionalistas, de modo que se unía al ideario republicano preconizado por Pi y Margall. Sin embargo, no lo utilizó en sus escritos primeros, que están inspirados por asuntos galantes, sentimentales y eróticos, incluidas las cuatro Sonatas.

Pecados reales

   El sentimiento que le inspiraba la monarquía puede encontrarse en el comentario hecho por El Ciego de Gondar, un personaje de El embrujado. Tragedia de tierras de Salnés, publicada en 1913: "Al verdadero pobre de pedir hay que enterrarlo de limosna, y como pasa tantos trabajos, aun cuando haga alguna cosa mala, no se condena como los ricos. ¿Sabéis vosotros quién está más al pique de condenarse? ¡El rey!" Que, según se deduce de esas palabras, es el mayor pecador, cosa muy cierta en el caso del monarca entonces en el trono, Alfonso XIII, dilapidador del dinero de sus vasallos en la compra de automóviles lujosos, yates aparatosos, rifles ostentosos y mujeres fáciles que le daban hijos a los que como buen padre atendía amorosamente a cargo del presupuesto nacional.
   Probablemente fue la guerra europea la que obligó a Valle a meditar sobre la función del escritor y su responsabilidad social. Se declaró aliadófilo, frente al imperialismo germánico que tantas muestras de barbarie estaba dando. En 1916 fue invitado a visitar el frente francés, junto con otros intelectuales aliadófilos. A partir de ese momento debió de replantearse la finalidad de la escritura, porque sin abandonar los cuadros costumbristas dio paso a una nueva visión de la realidad, volcada también en las claves de su poesía.
   Un resultado muy representativo de esa actitud fue la Farsa y licencia de la reina castiza, publicada en tres números de la revista madrileña La Pluma, editada por su amigo Manuel Azaña, entre agosto y octubre de 1920. Es una burla de Isabel II y su corte, a propósito del furor uterino y la desvergüenza de la soberana, causante de complicaciones y chantajes que le costaban el dinero a sus vasallos. Se puede considerar como un complemento de las novelas sobre la guerra carlista, porque así quedaron reflejadas las dos españas enfrentadas en una guerra civil por culpa de dos fantoches ridículos, tío y sobrina a cuál más impresentables.
   Esta farsa fue imposible llevarla a la escena, pero se editó en formato de libro en 1922, y Valle tuvo la gentileza, o la ocurrencia, de enviar un ejemplar a su majestad el rey católico Alfonso XIII, con la siguiente dedicatoria: "A S. M. el Rey D. Alfonso XIII. Señor: Tengo el honor de enviaros este libro, estilización del reinado de vuestra abuela Doña Isabel II, y hago votos por que el vuestro no sugiera la misma estilización a los poetas del porvenir." Así se asegura en un suelto aparecido en el número 322 de la revista madrileña España, dirigida por Luis Araquistain, fechado el 27 de mayo del mismo año 1922, pero no indica si el rey agradeció el atento regalo. Probablemente no, porque estaba muy mal educado.

Bajo la dictadura militar

   Su segunda colaboración en La Pluma no fue menos intencionada: Los cuernos de Don Friolera, otra farsa publicada en cinco números entre abril y agosto de 1921. En esta ocasión el protagonista es un militar esperpéntico, pero la burla recae sobre todo el ejército, en unos momentos en los que la opinión pública se cuestionaba la licitud y la conveniencia de continuar la guerra colonial en Marruecos, cada día más contraria a los intereses del rey y los demás accionistas de las empresas allí radicadas. Apareció como libro en 1925, ya durante la dictadura militar del general Primo, lo que demuestra la ineptitud de los censores para enterarse de lo que acontecía en la cultura española, porque la intencionalidad de la farsa es vitriólica.
   Por supuesto, Valle se opuso a la dictadura, y causó quebraderos de cabeza a Primo, quien lo calificó de "extravagante ciudadano", además de encarcelarlo. Pero las amenazas militares no le asustaban, ni le incitaban a cambiar el rumbo de sus escritos ni de sus actuaciones públicas.
   Así que en 1926 organizó un homenaje a Julio Álvarez del Vayo, para celebrar el éxito de su libro La nueva Rusia, en el que se presentan los logros del bolchevismo. Por su parte editó una obra de crítica política, Tirano Banderas, novela de Tierra Caliente. Cualquier lector podía encontrar en el argumento una referencia a la situación española bajo la dictadura del general Primo: narra las tropelías del general Santos Banderas, apodado por el pueblo Tirano Banderas, dictador de la República de Santa Fe de Tierra Firme, hasta que una revolución le hace morir acribillado a balazos, y sus restos son repartidos por la nación. El general dictador español hubiera comprendido que se trataba de una alegoría de su régimen, en el supuesto de que fuese capaz de leer un libro, algo imposible, y sus censores le igualaban en incultura. En cambio, los súbditos comprendieron la intencionalidad del autor.
   Sin embargo, sí ordenó el dictador que fuera secuestrada y destruida la edición aparecida en 1927 del esperpento La hija del capitán, por considerarlo una burla al ejército. Esta vez alguno de sus esbirros debió de alertarle sobre el espíritu sarcástico de Valle, volcado en esa sátira corrosiva, y decidió prohibirla, aunque sigue editándose todavía, cuando el recuerdo de aquella dictadura es solamente un episodio borroso de la historia de España. Las letras acaban venciendo a las armas, las dictaduras caen mientras los libros permanecen.
   Ese mismo año comenzó Valle la serie novelesca titulada El ruedo ibérico, en su primer volumen, La corte de los milagros, un nuevo vejamen sobre Isabel II y su gente, continuada al año siguiente con Viva mi dueño. En ambos años publicó dos novelas cortas complementarias de las largas, la serie de Estampas isabelinas, con los títulos La Rosa de Oro y Otra castiza de Samaria, de idéntica crítica histórica.
   En 1930, finalizada la dictadura de Primo, en vísperas de la proclamación de la II República, como un anticipo de lo que se veía venir, editó Vísperas de la Gloriosa. Por Madrid circularon unas seguidillas castizas que se hicieron muy populares y que resultaron proféticas: "Alfonso, ten pestaña / y ahueca el ala, / que la cosa en España / se pone mala. / No sea que / el pueblo soberano / te dé mulé." Se dijo que el autor era Valle, y nadie lo desmintió. Lo indudable es que al aparecer el escritor en el palco de la plaza de toros el 28 de setiembre, para asistir al mitin republicano, el público que abarrotaba el local le tributó una ovación como no se la ha llevado nunca ningún torero, porque se le sabía identificado con la República que llegaba.

Al servicio de la República

   Desde el 14 de abril de 1931 cambió la vida de Valle, como la de todos los españoles. Hizo declaraciones y firmó manifiestos a favor del nuevo régimen, y el 4 de junio pudo estrenar por fin la Farsa y licencia de la reina castiza, con un enorme éxito. El "extravagante ciudadano" de la dictadura pasó a ser un ciudadano ejemplar con la República.
   No obstante, fracasó en su doble intento de ser elegido diputado a las Cortes Constituyentes. Se presentó por La Coruña y Pontevedra, en las candidaturas de Alianza Republicana con el Partido Republicano Radical, en las elecciones del 28 de junio, y resultó derrotado. La verdad es que no participó en ningún mitin, y que se limitó a dejar que se incluyera su nombre en las listas, aunque tomó muy a mal que sus paisanos no le votasen lo bastante para ir al Congreso; tanto es así que impugnó el resultado ante la Comisión de Actas, sin resultado positivo.
   Su amigo Manuel Azaña, ministro de la Guerra en el Gobierno provisional de la República, con el que llevaba años manteniendo tertulias en el Café Regina y en la Granja El Henar, anotó en su diario el 22 de agosto que Valle se encontraba en una situación económica muy difícil. Eso era lo habitual en él, pero se había agravado debido a la suspensión de pagos sufrida por la editorial C.I.A.P., así que propuso en el Consejo de Ministros ayudarle delicadamente, creando un cargo especial para él: conservador general del patrimonio artístico de España. Era una arbitrariedad, sin duda, pero el personaje merecía ser atendido por el Gobierno de la nación, habida cuenta de sus cualidades, y de su probado ánimo republicano.
   Todos los ministros apoyaron la propuesta, y la Gaceta del 2 de setiembre insertó el nombramiento. Nadie sabía en qué consistía el cargo, de modo que en realidad no tenía nada que hacer, pero Valle se indispuso con todas las personas relacionadas con el antiguo Patrimonio de la Corona, hasta su dimisión el 21 de junio de 1932.
   Según anotó Azaña ese día, el motivo verdadero de la dimisión fue que su esposa le había planteado el divorcio, recién legislado, y el juez ordenó que se le retuviera la mitad del sueldo, para consignarlo a su ex–esposa. Con el propósito vengativo de evitar que ella se beneficiara de su sueldo, dimitió del cargo y se quedó en la calle.

Por la revolución social

   Su ideología era ya claramente revolucionaria. En una entrevista publicada en el diario madrileño El Sol el 20 de noviembre de 1931, afirmó que España necesitaba hacer una revolución como la que dirigió Lenin en Rusia, para transformar radicalmente a la sociedad. Por eso mismo criticaba al Partido Socialista Obrero Español, implicado en el Gobierno provisional, que se hubiera convertido en una casta, en vez de procurar la defensa de la clase obrera.
   La admiración de Valle por los dirigentes de la Revolución Soviética tenía su contrapartida en el interés que los dirigentes soviéticos sentían por su escritura. Prueba de ello es que sus obras se traducían al ruso a poco de su aparición en España, lo que demuestra el acierto de Marx al señalar las concomitancias entre los pueblos ruso y español.
   Sin embargo, en España había quienes despreciaban la obra literaria de Valle. Los dirigentes republicanos cometieron el error de permitir a los funcionarios y edecanes monárquicos que continuasen desempeñando sus cargos, lo que dio lugar a continuos sabotajes. Como tal puede calificarse la decisión de la Academia Española, ya sin el apelativo de Real, que el 19 de mayo de 1932 declaró desierto el premio Fastenrath de novela, con tal de no dárselo a Tirano Banderas, favorita en los comentarios periodísticos, que incluso anticiparon su triunfo. No pudo ser. Los académicos eran monárquicos conservadores y catolicorromanos convictos, por lo que se asustaban ante los escritos de Valle. Como el escándalo hubiera sido mayúsculo de galardonar a cualquiera de los otros concursantes, escritores mediocres hoy completamente desconocidos, adoptaron la decisión de declarar desierto el concurso.
   Para desagraviarle se le rindió un homenaje popular el 7 de junio, en el que tomaron parte no sólo intelectuales, sino también políticos de izquierdas. El premio había superado su estatuto de galardón literario, para convertirse en un elemento político. En los periódicos de izquierdas se reclamó al Gobierno que disolviera las academias, por el motivo de estar constituidas por personas de ideología conservadora enemigas del nuevo régimen, como aquel fallo había demostrado palpablemente. Pero el Gobierno desoyó la petición, lo que acumuló otro error.

Más a la izquierda

   La ideología de Valle se radicalizó más todavía en 1933, un año convulso en la historia de la República. Desde su cargo de presidente de la Junta de Gobierno del Ateneo de Madrid, promovió el I Congreso de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, a tono con la actitud que defendía públicamente. Además fue uno de los firmantes del "Manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética", y la misma asociación le designó presidente de honor.
   Estas decisiones públicas del escritor invalidan las opiniones de quienes se empeñan en considerarle afín al tradicionalismo propugnado por los carlistas. Este bando ha puesto su empeño en intentar disfrazarle con la boina roja que caracteriza a sus adeptos, basándose en su atención literaria a episodios de las guerras carlistas. Es absurdo suponer un carlista bolchevique, eso no es posible que lo conciba ninguna mente en sus cabales.
   El Gobierno presidido por su amigo Manuel Azaña quería premiar de algún modo su fidelidad republicana de izquierdas, y puesto que el cargo inventado para él resultó imposible, el 9 de marzo de 1933 se le designó director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, nombramiento que aceptó con júbilo. En cambio, los artistas pensionados no lo recibieron de la misma manera: ellos deseaban que el director fuese un artista plástico, y no un escritor, así que desde el primer día le demostraron su oposición, y protestaron por escrito ante el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes.
   Para complicar más la situación, el 8 de setiembre dimitió el Gobierno de Azaña, que fue sustituido por otro presidido por Lerroux. La inestabilidad política se instaló en la República. Punto culminante fue la revolución de Asturias en octubre de 1934, castigada a sangre y fuego por el Gobierno anticonstitucional de Madrid, seguida de una feroz represión. El nombre de Valle figura entre los intelectuales que firmaron un manifiesto contra la sanguinaria represión militar.
   En coincidencia con la revolución asturiana se produjo un conato independentista en Barcelona, aprovechado por el Gobierno para ordenar la detención ilegal del diputado Manuel Azaña, que por serlo gozaba de inmunidad parlamentaria. El 14 de noviembre un numeroso grupo de intelectuales, artistas y políticos firmó el manifiesto "A la opinión pública", contra la detención arbitraria de Azaña. La censura oficial prohibió su difusión, y sólo fue conocido al año siguiente, cuando el ex-presidente exonerado de toda culpa lo puso al frente de su libro Mi rebelión en Barcelona. Ente los firmantes, por supuesto, se encuentra el nombre de Valle.
   Precisamente un comentario a este libro fue la última colaboración de Valle en el diario madrileño Ahora, el 2 de octubre de 1935.
   Ese año también figuró su nombre entre los organizadores del Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, celebrado en París para protestar por el avance del fascismo, al que no asistió por hallarse ya gravemente enfermo del cáncer de próstata que acabó con su vida el 5 de enero de 1936.
   El teatro de la Zarzuela, de Madrid, organizó un homenaje póstumo a su memoria, en el que participaron intelectuales y políticos. Al reseñar el acto decía Mundo Obrero el 15 de febrero que Valle había sido "gran amigo del pueblo, de los perseguidos, de los presos, de los revolucionarios, y que por serlo así, lo era también de la Unión Soviética".
   El jefe de las Fuerzas Aéreas Republicanas, Ignacio Hidalgo de Cisneros, agregado aéreo en la Embajada de España en Roma cuando Valle dirigía la Academia Española de Bellas Artes, mantuvo con él frecuentes conversaciones, por lo que llegó a conocer muy bien su pensamiento. En sus memorias, Cambio de rumbo, editadas en Rumanía en 1964, hace un elogio de Valle con el que quiero terminar esta evocación: "Para mí don Ramón era un republicano sincero, humano y muy progresista, que se entregó con toda su alma a la República, pues estaba convencido de que ésta realizaría una completa renovación en España para satisfacer el hambre de progreso y de justicia que sentían la mayoría de los españoles."
   Estos 78 años cumplidos de su muerte deben animarnos a releer sus descripciones de aquella corte de los milagros presidida por la reina castiza y golfa, tan devota del papa Pío IX como de los soldados de su guardia.

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