sábado, 14 de junio de 2014

Viene la República

Escrito por Javier Pérez Albéniz   “Los que no estén atendiendo, que se vayan al bar”.
Jesús Posada, presidente del Congreso, durante el
debate de la Ley de abdicación de Juan Carlos I.
Como llega el amanecer, los sanfermines, las golondrinas o las lluvias de otoño. Con la misma naturalidad, llega la República. Sin traumas, sin miedos, sin violencia, con la frescura con que cae el rocío, se acercan las primeras nieves o se escucha el sonido del tren de medianoche. Así está llegando la República.

No hay que ser muy listo para darse cuenta. Basta con haber observado el grado de podredumbre de nuestra política o la decadencia de la monarquía. Es suficiente con haber escuchado ayer mismo a Mariano Rajoy o a Pérez Rubalcabadefender al rey en el Congreso de los Diputados. Dos muertos vivientes aferrándose a un soplo de continuidad, a privilegios agotados, a credibilidades perdidas, a transiciones lejanas, a la sucesión exprés, a una Constitución amojamada. Dos cadáveres políticos caminando de la mano, en un recorrido suicida hacia la mediocridad absoluta, hacia el desprestigio definitivo, hacia un cambio de modelo de Gobierno inevitable. 
La República está a la vuelta de la esquina. Mucha culpa la tiene la propia Monarquía. Corrupta, opaca, desprestigiada, hipócrita, hereditaria, innecesaria. Quienes la defienden desde la democracia también son responsables de la crisis irreversible de un sistema medieval. Los ciudadanos no quieren ser súbditos. No quieren depender de la genética. “No queremos ni el padre, ni el hijo, ni el espíritu de Franco que anida en los dos”, aseguró ayer Sabino Cuadra, deAmaiur. Es tiempo de transparencia, de modernidad, de honradez, de luces y cambios. Porque, como dijo Cayo Lara, lo que se pactó en 1978 no tiene porque ser definitivo y para siempre.
Mariano Rajoy, el hombre que pagó la reforma de la sede de su partido con dinero negro, que dió ánimos (Sé fuerte, Luis) a un compañero de partido cuando ya sabía que tenía una fortuna en Suiza, dijo en el Congreso que “somos una democracia consolidada y estable”. Y que por estas razones “cambiamos de página pero seguimos viviendo en el libro de la convivencia”. ¿Convivencia? Algo complicado con seis millones de parados, un Estado corrupto y la sanidad y la educación públicas desmanteladas. ¿Estabilidad? No es fácil con un 27,3% de la población española en riesgo de marginalidad, con los comedores sociales desbordados por alumnos de instituto, con cientos de políticos imputados.
La Monarquía se extingue como se extinguen los animales raros y los seres homogámicos, incapaces de adaptarse a su tiempo. Con naturalidad, despacio y a regañadientes, pero de manera irremisible. El empujón definitivo se lo están dando los demócratas que defienden esa anomalía bastarda: “Los socialistas seguimos sin ocultar nuestra preferencia republicana, pero nos seguimos sintiendo compatibles con la monarquía parlamentaria”, aseguró ayer en el Congreso Pérez Rubalcaba, el líder socialista que dijo irse para poder quedarse cinco minutos más.
Viene la República. Con la humildad con que llega la brisa, con la franqueza con que surge la tormenta, con la tenacidad que exigen los tiempos. Con la firmeza con que se luchó contra el fascismo. Llega la República, con el tesón con que el agua del río alcanza el mar, con la obstinación con que regresan las aves migratorias, con la alegría que supone reencontrarse con un viejo amigo. Cada día está un poco más cerca. Y todos lo saben.
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